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lunes, 1 de marzo de 2021

Pico de cera


 Pico de cera

Artemio Ríos Rivera

 

        Pedo no vale, le dijo el Chirifas al Moreno. Me caí, ya dije, pedo no cuenta.

El par de machines del barrio de la Merced no se veían muy amigables entre sí esta mañana. Los dos eran cargadores en la nave mayor, casi todos los días se les veía en el anden acarreando papas, ajos, cebollas y otros productos del campo que llegaban en los camiones torton de diferentes partes del país a esa central de abastos. Bordeaban los 20 años de edad, delgados, correosos, un poco sucios sin ser andrajosos o repulsivos. Hasta parecían buenos chicos. 

Llegados de diferentes estados del interior del país, se hicieron amigos de toda la vida, carnales. Pero, hoy cruzaban miradas de coraje, de desconfianza. Ambos, de niños, habían ido a la guardería que, inicialmente era para los hijos de las mazahuas, de las indígenas del estado de México que venían a servir al centro de la ciudad, capital del país, ahí se conocieron. Nunca había pedo entre ellos, siempre resolvían todo o dejaban pasar. Parecía que hoy, el purrún si estaba cabrón. 

Para chambear, todo era pararse temprano, a las cuatro de la mañana, sacar la carretilla, el diablo pues, acercarse a un camión que estuvieran descargando y juntarse con unos ñeros para empezar a camellar. A güevo, la chinga era dura, pero en unas horas sacaban lo del chivo y pa echarse unas birongas. Además, ni falta que hacía hacer ejercicio, jalando el diablo lleno de estibas de tunas, se ponían bien mamados. ¡Qué no!, decía el Perico, guacha nomás, puro pinche músculo. 

Algunas veces ya no se iban a sus casas, a las colonias del rumbo de Nezahuacoyotl o Iztapalapa, estaban lejos. Un tiempo alquilaron un cuarto en el edificio de Rosario 100, pero le caían muchos macuarros y luego no cooperaban con la renta. A veces se quedaban a dormir en alguna bodega, en los andenes de la nave mayor, en un camión lleno de bultos con ajos o en el puesto de verduras de algún cuate que se ponía a chupar con ellos.

Para ellos todo era La Merced, aún más allá de sus límites geográficos. No importaba que anduvieran en el cuadrante de La Soledad, por La Candelaria de los patos, Mixcalco u otro barrio de esos rumbos, para ellos todo era La Merced y, a ver ¿quién era el puto que la iba a hacer de pedo? El mundo, su mundo, era nuestra señora de La Merced.

La tarde anterior habían ido a una fondita, a comer, en el pasaje de las naranjas, ese que cruza de Santa Escuela a Rosario. Se habían tomado unas cervezas y decidieron no ir a dormir a sus casas. Las rolas de la rocola y la cadencia de la mesera los habían puesto calientes. Hicieron planes para para ir a Circunvalación a ver a las putas, pa echarse un palo de aparador. Pero se acabó el dinero, llegaron a la avenida bastante borrachos y con sólo una botella de caña en el morral.

Casi los corrieron: mugrosos, pedos, sin lana y calientes. Mala combinación para andar entre putas babeando. Los policias se portaron chidos, sólo los apartaron de la avenida, los pasaron a la báscula y al ver que no traían dinero, los invitaron a que se fueran a sus casas: Ora chavos, saquense a la verga, si no compran no mayuguen, ya vendrán otro día que tengan lana, si no quieren pedo, vayanse por las buenas. Y se fueron, como perros callejeros a los que les avientan una cubetada de agua helada, pa bajarles la calentura, con el rabo entre las patas.

Siguieron bebiendo a pico de botella, los polis se había portado chidos, no les quitaron su litro de caña. Así los agarro la inconsciencia, ese momento en que estás tan borracho que pierdes la noción de todo y haces cualquier pendejada.

Así fue como el Moreno no supo ni con quién perdió, era lógico que el Chirifas había sido el ganón. Pero no lo sabían a ciencia cierta. 

Pero, pedo no vale, acuerdese, le decía el ganón al perdedor. Eran tan amigos y se querían tanto que para zanjar el problema el Moreno propuso reparar el daño la próxima vez que anduvieran de pedos. A regañadientes el Chirifas aceptó, nomás pa que ya parara la bronca. Es más, había que apresurar el paso: chambear un rato, talonear una lana y comprar un pomito. Aceptaron, se pusieron de acuerdo nada más por conservar la amistad. Pero eso sí, advirtió Chirifas: pico de cera, no vayan andar diciendo que andamos mordiendo almohadas.


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