Apuntes de una historia
Artemio Ríos Rivera
Es tan corto el amor
y es tan largo el olvido
Pablo Neruda
Arturo:
Cuando yo te pregunto si habría alguna posibilidad de encontrarnos en algún lugar, efectivamente es para reflexionarlo con calma, pero sobre todo con el corazón, porque yo así la he sentido.
No lo estoy planeando, no es una acción alevosa, premeditada; esto no entiende de condiciones, ni de presiones, ni de chantaje, sólo se da o no... bien. Tu respuesta, la que sea, tendré que asumirla. Si no hay el espacio para un diálogo sincero y sentido, tampoco podré hacer mucho, si es que sólo yo estoy dispuesta.
Hasta pronto, Paulina.
Ahí estaba otra vez la presencia de esa mujer, como lo había estado durante los últimos 15 años. Diálogo le pedía cuando a él, a lo sumo, lo único que le había interesado de ella era el sexo. Ni siquiera soportaba sus sutiles demandas a la hora de la urgencia carnal —¿me amas?, decía ella—. No, no la amaba, hacía mucho que no recordaba qué era el amor, es tan largo el olvido, pensaba. La única huella que había quedado en su memoria corporal era el deseo. No le importaba ella, lo urgente era descargarse, irse, aliviar su cuerpo y después partir, ni siquiera fumar un cigarrillo y platicar del clima como en la sobremesa. No había que decir adiós, ni acordar la próxima cita.
No se interesaba ni por las atenciones que ella le había ido construyendo al paso de los años: ropa interior para él en el apartamento de ella, enseres de aseo personal que ella, de manera casi imperceptible, había ido colocando poco a poco, como en un altar donde no existía otro Díos más que él con esa sacerdotisa sumisa y leal. Pero él no quería eso, ni otra cosa, no le importaba, aunque el lenguaje animal, el deseo siempre latigueaba su pacífica cotidianeidad, el celo lo llevaba a buscar a la hembra.
No quería una mujer sumisa sino independiente, que no le pidiera explicaciones de nada, pero que tampoco se las diera. Sólo el sexo que a veces le faltaba con su compañera permanente, con la casa grande digamos, para usar un lenguaje común y... demasiado corriente. Las escasas palabras, de ella, durante el acto, no las soportaba, ni las podía corresponder, no quería oírlas, no lo excitaban o llamaban a la ternura. Por el contrario le hacían saltar una violencia que tenía que ser fuertemente reprimida para no manifestarse, seguía en el acto pero ya no era el disfrute tan intenso, el orgasmo contenía un potencial estallido de violencia, de odio irracional. Su respuesta era el rechazo, la violencia contenido, algo que no le había sucedido con ninguna otra mujer.
Nunca supo como se había metido esa Paulina en su vida, nunca quiso averiguar si existía algún afecto profundo que le permitiera hoy, en su más sola soledad acercarse a ella sin miedo, beber del oasis que a su madurez sin alguien se le presentaba, se le ofrecía en el camino. Todo tenía un precio, lo sabía, temía pagar cara esa repelente sumisión que lo atraía y afirmaba sus instintos de macho. Ahí estaba, nada que dar, solo recibir. Sin embargo le parecía la trampa perfecta, no te pido nada para que estés aquí. Para que veas que no te pido nada, entonces si no me das nada, debes cuando menos estar conmigo, corresponderme, pensaría ella.
Arturo:
No he querido parecer soberbia, por no escribir con anterioridad, realmente he querido escribir desde ese día que estuvimos juntos. Sin embargo, aun estaba el desconcierto... tu presencia y tu silencio juntos... tan juntos que no acertaba qué decir...
Debo abrir mi corazón y confesar que estoy escribiendo y tengo miedo... de repente uno se hace muchos pensamientos unos positivos otros negativos, unos que atormentan otros que dan esperanza, en fin...
Sé que necesitabas mi compañía, mi amor y complacer los anhelos de ese momento. Al igual yo, aunque algo que deseaba mucho era tu ternura y tu comprensión... nos han separado tantas cosas... este reencuentro fue inesperado, era algo que no podía creer: verte ahí frente a mí, en mi casa, en mi cama, en mi cuerpo pero, sobre todo, dentro mi corazón.
Quisiera decir algunas cosas más en donde tu sintieras, o ambos, la confianza de poder acercarnos sin temor, pero no quisiera que fueran dichas por este medio, ¿habría la posibilidad de encontrarnos en algún lugar?
Con el deseo de verte, Paulina.
Ese día en que estuvieron juntos, que terrible fue la resaca para ti, recuerdas Arturo, ningún deseo de recordarlo. Ese día había sido para ti un ciclo sin tiempo, eterno, circular y sin regreso.
Era el cumpleaños de Jaime César de ese vital viejo socarrón y adorable que se le ocurrió, como nunca, auto festejarse. Invitar a los amigos al rancho de la Joya para convivir y beber hasta hartarse. Ese día el subconsciente te había traicionado y sin querer hiciste todo, con sutileza y finura, para no coincidir con tu esposa. Conociéndola bien, sabiendo la fortaleza de su carácter y la autonomía de sus decisiones, sabías que ella podía irse a realizar otras actividades o llegar al rancho sin problemas, por su propia decisión. Ella nunca fue a la fiesta. La culpa tal vez, la costumbre o la pregunta reiterada de los amigos sobre tu mujer te hicieron, por primera vez, extrañarla intensamente, además de agradecerle el haberte salvado de un abismo, te confesaste, confuso, que en el fondo tal vez la amabas. Pero no podías aceptar esa debilidad. Ella no estaba ahí por decisión propia, ni modo había que disfrutar el momento, la fiesta, los amigos, las monjas, los militantes, en fin. Después supiste que la ausencia de tu mujer era una premonición de lo que ocurriría en el resto del día.
Arturo:
No se trata de imponer, tu sabrás cuando contestarás a lo que te solicité, en tanto no suceda creo que podemos tener una comunicación en un sentido más… intelectual digamos, ya, ya sé que no te gusta esa palabra, disculpa. Mira estoy trabajando sobre mi protocolo de tesis para el doctorado, quisiera leyeras un ensayo que realicé y que fue enviado a mi tutora. De este documento se desprendería el resto de mi trabajo, marcaría mi ruta. La pregunta es ¿lo leerías y darías tu punto de vista? Te pregunto porque no me gustaría enviar algo que no tenga nuevamente respuesta. Obviamente no podría obligarte a que lo leas y que tus valiosos comentarios me orientaran, sólo estoy pidiendo que tengamos una relación cordial, como cuando estábamos juntos en la escuela, ¿te acuerdas?
Un abrazo, Paulina.
Ahora le quedaba claro (¿le quedaba claro?), siempre había sido el estudio un pretexto, así habían iniciado una relación que nunca tuvo un principio y, además, parecía no tener fin. En la Universidad habían formado, junto con Alejandro y Ruth, un equipo de trabajo que duró cinco años. Él jamás supo qué hizo para que todos supieran que Paulina y Arturo eran pareja. En realidad jamás había existido ningún tipo de acercamiento, ni físico, menos emocional, no había coqueteos, simplemente un trato fraterno, cordial, amistoso. Arturo trataba a Paulina como a cualquier amigo, no amiga, no. Ella no era para él una mujer ante la que una debilidad te lleva a mentirle, estirar de más una mano, proponer tramposamente algo inofensivo para llevarla a la cama, no. Paulina era su amigo, no era fea, hasta le parecía sensual y cachonda cuando la veía bailando con los amigos o con los enemigos políticos; no era que ella tuviera malos pensamientos, que fuera mala por naturaleza, al contrario su origen de arraigado y consecuente catolicismo la hacia proclive a la lucha social y los “buenos sentimientos”. Simplemente no la veía como mujer deseable, o como una pareja en potencia. Por eso había confianza, pensaba ahora él, se trataba de una relación asexuada, familiar, de camaradas de viejo cuño, de firmes y disciplinados militantes del movimiento social.
Él sabía que ella había propagado esa versión para que las compañeras no se le acercaran, no le importó, cuando pudo sacó partido de la situación. Se aprovechó de esa circunstancia. ¡Maldito error! Diría mucho tiempo después, pero era irremediable, no podía regresar el tiempo. Fue el día que Chico salió de la cárcel; tanto tiempo en el reclusorio era necesario cobrárselo a la vida. Fernando, como siempre, armó el numerito, había que ir a un centro nocturno, era necesario celebrar, excederse, la situación lo ameritaba.
Empezaron a tomar cerveza a media tarde, la botana, la música que hacía inaudible la conversación, las enfermeras del corazón dispuestas a acariciar las heridas por una cerveza para dama, como rezaba el cartón mal pegado en la pared. Entrada la noche, cuando se trató de cabaretear ya estaban bastante ebrios; en el Túnel del amor la copa para dama era muy cara en opinión de Fernando. Para Chico el gasto se justificaba por su encierro, pero no para Arturo, nunca había estado en un centro nocturno y como cuestión de principios no pensaba pagarle a una mujer por sus caricias, era demasiado joven y se sabía atractivo.
Las putas eran para los ancianos, los feos y los desesperados, decía con desprecio, mostrando su juventud y atractivo como trofeos invaluables, en realidad no sabía cómo acercarse a ese tipo de mujeres, tenía miedo y se sentía observado. Por eso, a media noche decidió ir a tocar la ventana de Paulina, él sabía que siempre lo estaba esperando aunque nunca se había dado motivo para ello. Porque Paulina era una sombra pegajosa que no se podía quitar de al lado, sabía que la podía mover a su antojo, eso le hinchaba el ego. Lo que no sabía era que como a su sombra, aún en la oscuridad, no lograría nunca quitársela de encima después de esa noche.
Borracho, en un alarde de machismo sólo golpeó los cristales, cuando ella asomó sorprendida, Arturo adoptó la actitud del amo y dijo vámonos. Ella no preguntó, se vistió y subió al viejo automóvil sin asombro ni esperanza, simplemente sumisa. La noche terminó al medio día, fue la primera vez que se acostó con ella, demasiado agotado, demasiado alcohol como para saber si habían tenido sexo, finalmente no importaba averiguarlo, cuando despertó se vistió y fue a su casa sin una palabra, no la volvió a ver en dos semanas.
Eso basto para ella, fue su noche de bodas, de viudez para la vida. Entre la vida y Arturo, había optado por el peor camino.
Arturo:
Es evidente que no deseas que te escriba, ni en términos de estudio o trabajo mucho menos para fortalecer nuestra amistad en otro sentido. He reflexionado este tiempo sobre tu actitud y he decidido no atosigarte más con mis escritos, sí, me da tristeza que se llegue a estos niveles de falta de comunicación porque antes y ahora no he exigido algo porque he creído siempre que tu sensibilidad de escritor, de poeta que es algo que he valorado siempre en ti, así como otras cosas más que no es el momento enumerar. A pesar de que tú quieras esconder tus bondades y mostrar dureza y frialdad tendrías que permitirte un acercamiento conmigo. Yo no digo que quiero casa aparte, eso ni cuando fui más joven lo soñé menos ahora. Algo que quizá no has entendido es que nunca intente capitalizar tus debilidades, las separaciones de tus anteriores relaciones, tampoco lo intentaría ahora. ¿Sabes? Siempre he caminado sola y esto me ha permitido no confundir mis sentimientos. Talvez en algún momento esperé verme junto a ti, pero no en los términos ni con los recursos que utilizan algunas mujeres, sino más bien quería que tu elección fuera con libertad, que vinieras a mi por convicción, nunca por compromiso. ¿Qué quiere Arturo? ¿Dónde quiere estar? ¿Con quién quiere estar?, me preguntaba siempre. Quizá sentiste que en algunos momentos no te apoyé, y que cuando te separabas ere cuando no estaba ahí, es difícil explicar, (por eso te pedía un diálogo).
Tengo muy presente algunos momentos muy difíciles que pasaste, y no te imaginas que sufría tanto como tú, pero yo me decía: él tiene que salir adelante solo, tiene que tomar su fuerza. Es cuando me refiero a que no capitalicé tu soledad, tu vacío, tu confusión y tampoco terminé de destruir lo que tenía. No me correspondía terminar con eso, (solo porque estuvieras a mi lado, no, la verdad eso no va conmigo) francamente sí, me siento en paz de no haber contribuido a separarte de alguien, puedo ver a la gente de frente y sin problemas.
Antes como ahora, hay comentarios. Alguien me tachó de miedosa, que no te quería tanto, que por qué no había tenido un hijo tuyo, que no era inteligente, en fin (quien les habló de lo nuestro, no sé). Tuve que oír varias cosas y sólo yo sabía cuánto me dolía y tener que aparentar que no pasaba nada, lo mejor fue seguir guardando silencio, te veía en tu nueva relación y si yo llegaba no faltaba más de una mirada que me observara, sentía el peso de las miradas en mi pecho, la opresión era muy fuerte. No ha sido nada fácil, sobre todo porque caminamos en el mismo círculo de la vida, este se cierra y nos encontramos, aunque no queramos así es.
Arturo, esto era lo que quería decirte quizá haya más pero hasta aquí lo dejo. Con esto no quiero que estés confundido, ni sintiéndote culpable, si algún día caminas solo y tu paso y mi paso se encuentran se lo dejaremos a la vida, a la naturaleza, a Dios como una fuerza capaz de unir y liberarnos.
Tuya por siempre. Paulina.
Paulina tenía la virtud de hacerlo sentir un miserable, con su actitud comprensiva, con se espera eterna, con su puerta abierta a todas horas, con su asistencia a todas las actividades públicas en las que él se desarrollaba: mitin, lectura de poesía, presentación de libros, talleres de formación política, encuentros, en fin.
Cuando no la veía la extrañaba, la extrañaba como a una catástrofe inevitable que te pone a prueba, que te golpea con fuerza pero no te mata y entonces te fortalece.
Así que nos tenemos que encontrar y estar juntos de nuevo, aunque yo no quiera, o ¿Sí quiero y no me atrevo? ¿Tendrás razón Paulina?
Paulina fatalmente había decidido el futuro de ambos, los fracasos emocionales de Arturo parecían entonces una consecuencia lógica de una resistencia de él ante el destino. Ella se sentía con derecho después de tantos años de amistad y leal espera, había elegido ese camino de estar junto al hombre que sólo le había dado un poco de sexo apresurado y violento, como conatos de violación innecesarios ya que ella siempre lo estaba esperando, abierta, entregada en más de un sentido.
La fraternidad de los primeros días seguía alimentando el incondicional amor de Paulina. Ella estaba segura que había visto, sentido el cariño y la ternura de él en el fondo de su tenaz resistencia a expresarle su adhesión abiertamente. Sólo podía ser así después de la total confianza que se habían tenido hacía más de tres décadas, cuando estudiantes. Ella sabía que él no era feliz aunque aparentara lo contrario, que nunca estaría completo lejos de ella. Seguiría en la paciente espera, cada vez faltaba menos tiempo.
Cuento, poesía y ensayo. Literatura, educación y vida cotidiana son las temáticas bordadas en los diversos textos encontrados en el presente blog.
Seguidores
martes, 27 de abril de 2010
lunes, 26 de abril de 2010
jueves, 22 de abril de 2010
SÍNDROME DE LA RECAÍDA
SÍNDROME DE LA RECAÍDA
Rodrigo había dejado de fumar desde hacía cinco años, no por prohibición expresa de alguien. No había prescripción médica, ni sustitutos del tabaco, simplemente, de manera inexplicable, abandonó el cigarro como quien pierde un lapicero corriente, sin sobresaltos, casi sin darse cuenta.
Tuvo la necesidad de salir a estudiar un postgrado a la capital del país y la situación económica le impidió gastar dinero en cigarrillos; apenas le alcanzaba para los camiones, las magras comidas de las cocinas económicas y hacer depósitos simbólicos en la cuenta bancaria de su esposa. Más que sentirse moralmente obligado para apoyar a su compañera (seguía gustándole usar el lenguaje militante: mejor era una compañera que una esposa), le parecía que, compartir unos centavos de la beca con ella, calmaría un poco sus ímpetus reclamatorios por la ausencia.
Finalmente había dejado de fumar, le parecía una consecuencia natural y lógica, un comportamiento pragmático que implicaba suprimir algunos gastos superfluos y permanentes; ni siquiera pensó en los problemas que enfrentaría al cortar de tajo su “dependencia” de los últimos diez años, de lo difícil que, decía medio mundo, significaba dejar una adicción.
En ese momento de estrechez y lejanía del nido conyugal, sin ansiedades o vacíos, dejó de hacer algo que lo distinguió la última década. Todos esos años el índice y el pulgar derechos permanecieron amarillos por el estilo de coger el cigarrillo sin filtro. Siempre el olor característico del fumador en la ropa, el pelo y el cuerpo; dejando estelas de humo y olor en los espacios que habitaba. Fumaba en cualquier parte. En los lugares prohibidos asumía una actitud provocadora. Siempre había manifestado el más profundo desprecio por cualquier legislación al respecto, leyes que no debatía simplemente las ignoraba y repudiaba olímpicamente.
Al regresar a su casa, un par de años después, al concluir sus estudios, siguió sin llevar nicotina y alquitrán a sus pulmones, así sin explicaciones o cuestionamientos. Martha, su mujer, estaba sorprendida. Él había empezado a fumar al principio de su vida en pareja, lo había hecho religiosamente todo el tiempo. En este nuevo periodo ella lo desconocía, detestaba el cigarro y, paradójicamente, lo extrañaba en él, era el mismo personaje, pero en algo había cambiado sensiblemente y, al parecer… para siempre.
Ahora en las discusiones maritales, Rodrigo no abría la boca, se adivinaba simplemente un odio contenido y reposado en su mirada, nada más. No fumaba en el pleito conyugal, pero se mantenía en la apariencia de no oír a su mujer, no había humo o palabra que saliera de su garganta. Una mirada fija, ancestral, era toda la respuesta ante las provocaciones de Martha; una nueva y tirante situación de silencio y olvido, pensaba ella.
Cuando Rodrigo se cuestionaba en cómo había disfrutado de los cigarros y por qué había dejado de consumirlos, no encontraba explicación. Sin embargo, poco a poco fue aclarándosele el panorama: sin externarlo, el cigarro le había sabido todo el tiempo a rebeldía, a resistencia, a un sentimiento de no sometimiento ante quién sabe qué cosas. Era claro que, en su época de toxicómano, cuando peleaba con su hembra, encendía un cigarrillo tras otro, lo que añadía un elemento más a la disputa y avivaba la fiereza de su mujer en la discusión, desviando, a veces, la atención del problema central al sobrevenirle un ataque de tos, clásico en el fumador empedernido.
Quince años antes había empezado a fumar de manera inconsciente, no había sabido cómo se fue apoderando de él ese hábito; ahora, después de dejarlo, en los momentos de crisis acudía al cigarro, pero después de tres fumadas se asqueaba y tenía que tirar el pitillo; la tensión entre un sentimiento contestatario y el mal sabor de boca se definía invariablemente en el aplastamiento del cigarrillo, entero y recién encendido, contra el cenicero. Sabía que nunca más acudiría a ese, en su opinión, pequeño e inofensivo vicio, ya no le daba ninguna satisfacción emocional o física.
Antes con un cigarrillo apretado entre el dedo gordo y el anular de su mano derecha, Rodrigo soltaba, sin empujarlo, el humo por la boca y lo atrapaba inhalando lentamente por la nariz. Una sensación de paz se apoderaba de él, un placer similar al del postre después de una abundante comida, como la pausa necesaria en la charla animada entre amigos, como una tarea escénica que permite al actor asirse de algo en el vacío profundo del escenario, en la soledad del ser humano sin parlamento, fuera del personaje o del personaje extraviado de su propio argumento en busca de su actor.
Pasó el tiempo, Rodrigo sentía que la paz había llegado después de las tempestades. El ocio retozón lo había hecho prender el primer cigarrillo de los nuevos tiempos: su época de soltero maduro, o divorciado pues. Al borde de esta reflexión, parecía quedarle todo claro: ahora, después de su naufragio matrimonial, después de casi tres lustros de encuentros y desavenencias. Postrero al reparto de los bienes terrenales de la pareja, lo único que le había tocado en prenda, era esa pequeña mesa de cedro, el regalo de bodas de su suegra. Tanto tiempo estuvo cubierta por diversos manteles que hasta hoy regresaba a su memoria el mensaje que estaba inscrito en ella desde que llegó a la casa. Desnuda la mesa, como en el primer día en que la vio, mostraba su vocación de sutil y maternal autoritarismo con una frase inscrita en su centro que había sido dictada por Martha, en aquel tiempo su futura esposa, al ebanista.
Sin decir nada, Rodrigo, pensó en las costumbres de sus camaradas y amigos que siempre tenían el salón, del comité de lucha de la Unidad de Humanidades, envuelto en una espesa niebla que salía de sus bocas a la par de sus discursos políticos. El letrero colocado desde el primer día de vida conyugal, por su entonces tierna, amada y recién desempacada esposa, le había parecido un exceso innecesario, no dijo nada, solamente llevó un hermoso mantel del Istmo, bordado a mano y con deshilados, para colocarlo sobre la plancha de la mesa. Desde entonces hasta hoy, no había vuelto a ver el letrero que se quedara grabado en su inconsciente como una sentencia autoritaria a la que había que resistir. Al mes de casado ya fumaba con apetecible deleite esos cigarros sin filtro propios de los intelectuales sin dinero y de los rudos militantes de los comités políticos universitarios. Los 50 cigarrillos consumidos diariamente eran su respuesta al letrero tapado todos esos años y que él, hasta hoy, no había recordado: “Favor de no fumar en esta mesa”. Esa prohibición había mantenido una secreta y soterrada tensión en la pareja, sin romperla.
Ahora Rodrigo lo sabía, al dejar de fumar había perdido todo sentido su relación con Martha. Roto el vínculo, el cigarrillo recobraba su sentido, su propio sabor sin aderezos extras ni excesos.
martes, 13 de abril de 2010
LA BOLA Y EL POSITIVISMO
Los asuntos literarios viven en íntimo consorcio con su historia problemática: la transportan consigo y se dejan penetrar de ella.
Ángel Rama
En 1887 y 1888, con la firma de Sancho Polo, Emilio Rabasa publica el ciclo de “Novelas Mexicanas” compuesto por cuatro textos: La bola, La gran ciencia, El cuarto poder y Moneda falsa. Estas obras forman una sola unidad, ya que como dice Marcia Hakala: “Fundamentalmente, están construidas sobre un solo argumento central, siguiendo un desarrollo lineal casi totalmente horizontal, sin digresiones confusas por planes secundarios extraños” (Hakala: 80).
La diégesis, contada por el protagonista Juan Quiñones, es una larga analepsis llena de acciones que involucran a los mismos personajes; sin embargo, cada texto conserva una independencia narrativa y una autonomía relativa con relación a los demás escritos, por lo que es posible abordarlos por separado, sin menoscabo de la comprensión y unidad estética de cada uno de ellos. Por esta razón, en este momento nos acercaremos únicamente a La bola.[2]
El mundo posible que instaura La bola, se desarrolla en el pueblo de San Martín de la Piedra, cabecera de distrito del estado natal de Juan Quiñones; el pueblo de la Piedra cuenta con alrededor de 1, 600 habitantes en un país de 11 millones de pobladores, según datos que nos proporciona el narrador; de acuerdo con estos elementos podríamos pensar, como una lectura posible, que la novela se desarrolla en el México de fines del siglo xix.
La diégesis se inicia en un día de fiesta, un 16 de septiembre con un desfile para celebrar el acontecimiento histórico[3] que es el “sol en toda nuestra nación” (lb: 5): la Independencia. Al iniciar la columna cívica se da un acontecimiento que presagia malos augurios para los pacíficos habitantes de San Martín y para los principales del lugar: la bandera que encabeza el desfile es disputada entre el poder militar (el comandante Mateo Cabezudo) y el poder civil (el jefe político don Jacinto Coderas).[4] La columna que recorría las calles, la música desacompasada, el repique de las campanas y el estruendo de los cohetes presagian ya el desorden que trae consigo la bola, pues aquello “más que un regocijo público, parecía el comienzo frenético de una asonada tremenda” (lb: 3).
Aunque pacífico, San Martín resiente el eco de los acontecimientos políticos que se suceden en otras latitudes del Estado y que permiten potenciar las desavenencias personales o políticas del lugar, obligando a los habitantes a tomar partido o ser arrastrados por los acontecimientos: “Por aquellos días andaba la política descompuesta y la situación delicada, en virtud de que el descontento cundía en las poblaciones más importantes del Estado; la tempestad se anunciaba con un murmullo sordo” (lb: 15).
Las enemistades de los dos barrios que conforman el poblado, las politiquerías y desavenencias personales que los movían crearon parte de las condiciones para que, con la vaga noticia de sublevación en un lugar próximo, se lance (o sea precipitado) a la bola el comandante Cabezudo.
El conflicto estalla cuando el lábaro, que por tradición debe ser conducido por Cabezudo, le es arrebatado por Coderas. Los bandos tienen que pasar entonces de las palabras a los hechos, del chisme y la intriga al enfrentamiento violento y armado.
Ambos personajes políticos son representantes de diferentes espacios geográficos del lugar, lo que de alguna manera es definido por su condición social: Coderas con los de las Lomas y Cabezudo con los del Arroyo.
Cabezudo venía del arroyo, era el hijo de una mujer del pueblo (de su progenitor no sabemos nada), de una lavandera; él aprende a leer a los 25 años de edad con ayuda del padre de Juan; sin embargo, había ido ascendiendo en la escala social como era normal en ese mundo de leva,[5] bolas, oportunismo y caos. Mateo era un militar formado en las bolas, su carrera se había iniciado en la leva durante el Primer Imperio —aunque Mateo nunca supo “si en favor o en contra de Su Alteza Serenísima” (lb: 12)—; en su segunda incursión militar tomó el grado de teniente; en la bola de su pueblo tomará para sí el cargo de teniente–coronel, por perder la primera batalla en San Martín. Después, una vez triunfante sobre Coderas y puesto al servicio del Gobierno, es nombrado coronel y más adelante tendrá otros ascensos de grado militar.
El Arroyo agrupa a más de mil pobladores en la parte baja del pueblo; esta población, podemos presumir, es fundamentalmente indígena, ya que Pedro Martín y su familia son indígenas. Pedro Martín es el líder natural del lugar: es el “indio que movía el barrio” (lb: 120).
Mateo era el único militar de San Martín; si bien venía del Arroyo ya se había forjado un nombre; si tenía un pasado indígena no lo deja claro la novela, en el presente narrativo es un mestizo, un ser “superior“ a los hombres de su origen social, y, por lo mismo, fue nombrado comandante y concejal. Además, en un reparto de tierras por las leyes de desamortización, se había hecho de una no bien habida riqueza respetable; es en ese sentido que se sentía con la aspiración legítima de ser jefe político del lugar y de que su nombre fuera respetado, ya que él no era un don nadie.
El jefe político, Jacinto Coderas, no era originario del pueblo pedreño, ya que había sido enviado por el Gobierno a ese lugar. Coderas era “también comandante de la Guardia Nacional, hombre duro si los hay y de pocas o ningunas pulgas, mala fama y peor catadura, que según las misteriosas y reservadas hablillas, [Mateo] tenía instrucciones del Gobierno para someter de grado o por fuerza al cacique.” (lb: 14)
La base social de Coderas estaba en las Lomas, la parte alta del pueblo, donde vivían los pobladores más civilizados, pero también los más débiles; en las Lomas se concentraban 600 habitantes.
Todo eso nos lo hace saber nuestro narrador Juan Quiñones, protagonista de la novela y aliado natural de Cabezudo, ya que está enamorado (y correspondido) de Remedios, la sobrina del militar; por lo tanto, su destino será arrollado por los acontecimientos políticos y militares en los que intervendrá don Mateo. Quiñones juega un papel importante en el desarrollo de las acciones: es presentado “como típico mexicano de provincia, de la clase media” (Glass: 133), pero ante la muerte de su padre y el paso del tiempo (nos dice que tiene 20 años edad), se va degradando su situación económica hasta la muerte de su madre, al final de la bola. Juan desciende o se estanca en la escala social, mientras Cabezudo se eleva hasta la jefatura política; consecuentemente las pretensiones de casamiento de Juan serán entorpecidas, ya que él no saca ningún provecho de la bola, si acaso pérdidas, como lo es la defunción de su ser más querido: “Quiñones es un hombre ingenuo, constantemente excitado o intrigado por las injusticias y malas acciones que presencia; el grado de violencia con que siente lo que sucede a su alrededor se refleja en el temple de la acción”. (Navarro: 49)
Aunque Remedios no representa un papel muy activo en la novela, sirve para que el autor implícito haga, a través de su descripción, una crítica al romanticismo de los personajes femeninos decimonónicos:
Si digo que Remedios era una muchacha tímida, dulce y delicada, no por ello tema el lector de juicio que vaya a tomarme el trabajo de inventar, pintar y adornar una heroína con tubérculos, ni que quiera seguir, hilo por hilo y lamento por lamento, la historia triste de un amor escrofuloso. No; Remedios valía más que esas desgraciadas heroínas de la tos; […] No haya temor de que, ignorados sus padres, resulte luego hija del Sultán de Marruecos en la penúltima página de este libro. (lb: 23–33)
El azar, la suerte, el impulso irracional de conservar para sí a su madre y a la mujer amada, hacen que Quiñones utilice todo su talento (desde escritor de proclamas hasta improvisado estratega militar) y un valor ciego para dar la victoria a las huestes de Cabezudo sobre el jefe político. Sin embargo, los detalles de esta situación no se hacen públicos, porque el vencedor políticamente es el que escribe la historia oficial, es el que ambiciona el poder y se hace de él; puede por lo tanto, desde el poder, dar una versión de la heroica jornada. No obstante, Juan y Mateo saben, aunque les pese, la verdad de los hechos; mostrándose entonces que el antagonismo no se da entre las fuerzas políticas, sino entre los oportunistas ambiciosos, como el cacique, junto a los demás personajes de la clase política local y el ciudadano común, que arrastrado por la bola, puede ver con claridad que los vencedores en la contienda política no son mejores que los arbitrarios vencidos. Es por eso que al final de la obra surge un nuevo antagonismo que se va a conservar durante las otras novelas del ciclo: los otrora aliados Cabezudo y Quiñones, de ahora en adelante serán enemigos. El tío de Remedios no puede por lo tanto consentir la boda del joven escribiente con la sobrina del ahora coronel y jefe político de San Martín de la Piedra.
Pasando a la máxima del positivismo, orden y progreso, nosotros vemos que para el autor implícito es claro que la bola va a trastocar el orden cotidiano de la vida en la comunidad y va a enfrentar a los habitantes de la misma entre sí:
En San Martín, mientras tanto, se procuraba no tener opinión, por lo expuesto que es formularla antes de que se sepa el resultado probable del negocio; pero yo, que oía las conversaciones y atisbaba las palabras y los gestos, y aun alguna descuidada franqueza, me persuadí desde entonces de que en este país la opinión está siempre en favor del desorden, dé donde diere, y sin necesidad de averiguación a verdad supuesta y buena fe guardada. (lb: 17–18)
La bola sin duda tiene una connotación negativa en la novela. Como lo tenía en la época la revuelta, el levantamiento para derrocar una forma personal de gobernar e imponer otra, sin ninguna perspectiva de redención social. Al respecto, John S. Brushwood escribe:
Por bola hay que entender una escaramuza política local, gracias a la cual un ambicioso político se convierte en jefe del lugar. Se dañan propiedades, hay quienes pierden la vida o están a punto de perderla; el único resultado es que un hombre ha aumentado su poder sobre otras personas. (Brushwood: 231)
Aunque nuestro narrador al final de la novela hace una diferenciación entre la bola y la revolución, en el resto del escrito se identifica a ambas por un factor común: el desorden. Veamos primero la diferenciación y después pasaremos a ver el lado negativo de ambas, de acuerdo a la narraciónn:
No calumniemos a la lengua castellana ni al progreso humano, y tiempo es ya para ello de que los sabios de la Correspondiente envíen al Diccionario de la Real Academia esta fruta cosechada al calor de los ricos senos de la tierra americana. Nosotros, inventores del género, le hemos dado el nombre, sin acudir a raíces griegas y latinas, y le hemos llamado bola. Tenemos privilegio exclusivo; porque si la revolución como ley ineludible es conocida en todo el mundo, la bola sólo puede desarrollar, como la fiebre amarilla, bajo ciertas latitudes. La revolución se desenvuelve sobre la idea, conmueve a las naciones, modifica una institución y necesita ciudadanos; la bola no exige principios ni los tiene jamás, nace y muere en corto espacio material y moral, y necesita ignorantes. En una palabra: la revolución es hija del progreso del mundo, y ley ineludible de la humanidad; la bola es hija de la ignorancia y castigo inevitable de los pueblos atrasados. (lb: 167–168; las cursivas son nuestras)
Partiendo de la convención —como ya lo señalamos— que el país es México, inserto en el mundo del siglo xix, con todas las implicaciones históricas que ello conlleva, podemos inferir que la cita anterior está cargada de elementos positivistas que tienen que ver con la justificación de un régimen político, el juarismo por evocación y el Porfiriato[6] como presente histórico, que, en los momentos que el autor–persona escribió la novela, se estaba consolidando. Una revolución dada con la Independencia (como la define Leopoldo Zea: 1985) y completada con la Restauración de la República después de la Guerra de los Tres Años, termina con lo que podríamos llamar la etapa teológica del desarrollo histórico de nuestro país. Sin embargo, si bien es cierto que esa revolución es una lucha en contra del orden precapitalista y colonial (por lo tanto, justificable para poder arribar a un nuevo orden social y político), también lo es que para lograr el progreso de la sociedad (“ley ineludible de la humanidad”, señala la novela) es necesario acabar con los movimientos armados, que lo único que traen consigo es la anarquía, propia de la etapa metafísica, enemiga del progreso y del orden. Rabasa aprueba la revolución porque Independencia y Reforma son movimientos revolucionarios que terminaron con el antiguo régimen; no así los levantamientos y pronunciamientos posteriores que se manifiestan por medio de las armas. Así lo define Leopoldo Zea:
La historia de México es la historia de esta lucha decisiva, y el triunfo de la revolución [de Independencia] es el triunfo de la emancipación mental de la humanidad. El triunfo del partido de la Reforma es el triunfo del espíritu positivo. Es en México donde las luces de la ciencia positiva invaden el terreno de la política y arrebatan a la teología el dominio de los hombres [...] En esta lucha triunfaron los hombres que encarnaban el espíritu positivo, el espíritu del progreso, siendo una de sus primeras medidas la separación de la iglesia y el estado y la desamortización de los bienes de la iglesia. En esta forma se quiso invalidar un poder que se oponía al progreso [...] No quedaba sino un grupo vencedor: el de los liberales mexicanos. Sin embargo, la situación en que quedaba el grupo vencedor no era nada envidiable. El partido de la Reforma era el amo y señor de la nación mexicana; pero esta no era sino un país en ruinas. Ruina y desolación era lo que por todas partes se encontraba. El desorden y la anarquía reinaban en todos los rincones de la República. El vencedor necesitaba establecer nuevamente el orden. (Zea: 59, 61 y 62)
Para que México consolide su arribo histórico a la etapa positiva del desarrollo de la humanidad, de acuerdo con la lógica que venimos señalando, es necesario que la gente del campo pueda trabajar en paz, sin la desazón que conllevan las distintas sublevaciones militares protagonizadas durante la pugna de liberales y conservadores, por la hegemonía política de la nación.
En un mundo donde los periódicos no están al servicio del progreso, sino sólo de las diferentes facciones que se disputan el poder político (como el Instructor y La Conciencia Pública, órgano oficial de los partidarios del licenciado Pérez Gavilán), en un mundo donde el pueblo es ignorante o poco instruido (como en San Martín), las noticias de fondo se convierten en elementos de agitación sin ningún sustento de verdad, lo que hace que desde su gestación las bolas sean condenables, como nos lo hace ver con una fina ironía el autor implícito de la novela:
Bien visto el caso, la revolución era justa y legítima; se trataba de derrocar la tiranía y la tiranía es abominable. Yo no sabía cuáles eran los abusos del poder; pero que el gobierno abusaba, era cosa fuera de toda duda y discusión. ¡Hombre!, y es bonito el papel del que acaba con los tiranos; algo hay de eso en el Instructor que he leído con particular atención. (lb: 27)
Sin duda, en la prensa partidaria, la crítica no está basada en la observación objetiva de los hechos (como lo reclaman los científicos positivistas), sino en los intereses de los políticos que “se proponen armar la gorda para defender los ultrajados derechos del pueblo” (lb: 30). De la prensa se va a ocupar con más detenimiento nuestro protagonista en la tercera novela (El cuarto poder). De la bola podemos interpretar que es irónico que los hombres actúen sin una visión científica de la realidad, sólo impulsados por quienes no pueden exponer la verdad tal cual es, sino sólo de manera parcial y manipulada:
¡Qué artículos de fondo censurando las contribuciones y olvidando los gastos de la Administración! ¡Qué sonetos pintando los errores de la tiranía y lamentando la humillación del pueblo! ¡Qué párrafos de gacetilla, echando en cara al Ayuntamiento de la capital del Estado, los malos pisos de las calles, y tal y cual abuso de un agente de policía! (lb: 30–31)
Los Llamas, cuatro hermanos adultos ya entrados en años (Justo, Agustín, Bernarda y Sabina), sin duda representan a la burguesía rural progresista, pacífica, capaz de solicitar créditos para lograr la modernización y ampliación de sus tierras, una clase social medianamente ilustrada en la medida que se lo permiten los pocos libros que tiene a su alcance (Los tres mosqueteros, El judío errante, entre otros); una burguesía agraria trabajadora que no puede lograr sus aspiraciones porque está a merced de los bolistas, sin la protección de un Estado eficiente, fuerte y centralizado. Entre la libertad y la seguridad, los positivistas optan por la segunda. Los Llamas no pueden defenderse, hacer justicia por su propia mano o mantenerse al margen de los acontecimientos que se precipitan, nadie garantiza su seguridad para invertir, para producir. Don Justo, ante la petición de asilo que Cabezudo hace a los Llamas para Juan Quiñones, dice:
—¡Es decir, que la revolución es ya un hecho en San Martín! ¡Es decir, que ya los hombres trabajadores y honrados, vamos a comenzar a sufrir de nuevo los estragos de la gente desordenada y sin oficio! Lo mismo fue hace pocos años, y eso que la gente de San Martín no se ha metido en todas las bolas. Mañana echarán un préstamo los de la revolución y pasado mañana los del Gobierno, y esos mejor se debieran llamar dádivas o robos, puesto que nunca se los pagan a uno. […] yo he contraído compromisos para mejorar algo este rancho […] y es una verdadera picardía que porque al señor Gavilán se le antoja trastornar el país, yo no pueda pagar mis deudas y realizar un beneficio para mi finca, porque unos y otros necesitan de mi dinero, de mis caballos, de mis toros y hasta de mi casa, para matarse y perjudicarse recíprocamente! (lb: 65–66)
Ante tal situación de inseguridad para invertir en el progreso material, es imposible que las clases laboriosas puedan cumplir con su compromiso social ya que, “La burguesía, exprimida sin piedad o por régulos locales o por gobiernos en lucha, escondía su dinero y retraía sus simpatías” (Sierra, en Villegas, 1972: 76). Quienes alteran el equilibrio de las cosas trastocan el orden del todo y no sólo de la parte donde se manifiesta su intervención.
Por otro lado, otro elemento manejado por el positivismo y rescatado en la novela es el desarrollo natural de algunos fenómenos y la confianza, tanto en la ciencia como en los hombres dedicados a ella; después de la primera batalla entre las tropas de Cabezudo y Coderas, a las afueras de San Martín, Juan Quiñones sale herido y es curado a hurtadillas en la iglesia del padre Marojo; durante su convalecencia es atendido por una curandera: “La curandera me visitaba todos los días y me hacía alguna curación enteramente inútil, puesto que mi herida no tenía importancia real y la cicatrización estaba encomendada a la naturaleza” (lb: 110).
Cuando las fuerzas de Cabezudo toman el pueblo y viene la pacificación, Juan puede ir a atender a su madre que ha estado enferma e injustamente encarcelada durante la refriega; con fina ironía nos dice cómo calma sus aprensiones ante la inminente llegada del médico:
Mañana estará aquí [dijo Felicia]; no te aflijas, hijito; teniendo médico no hay que temer nada [...] En San Martín se creía formalmente que en habiendo médico nadie podía morirse, y esto aun cuando la experiencia les mostrase frecuentemente lo contrario. Y como yo no tenía por qué escapar de la regla común, me tranquilicé bastante con aquella noticia. (lb: 148–149)
Un elemento importante a destacar es el papel de la Iglesia en la novela, el padre Benjamín Marojo tiene un compromiso con su religión y con su Dios, pero no se trata de un sacerdote ortodoxo, por decirlo de algún modo; no es un personaje que se involucre en las pugnas por el poder, es un personaje positivista en todas sus acciones y pensamientos. Sí, los positivistas planteaban que en la nueva etapa la naciente religión fuera laica y tenía que ver con la concepción burguesa de patria: territorio delimitado; lengua, religión; nación como un imaginario inherentemente limitado y soberano; y de un nacionalismo que, como señala Anderson, hace suyos los símbolos religiosos. La nueva religión, la doctrina laica, era para venerar a los héroes que dieron la patria, pero, en la narrativa de Rabasa, la dieron ya, y a partir de ese momento la tarea es hacerla progresar.
El padre Marojo comparte las cosas de Dios con las de la patria sin ningún conflicto, sin otro interés más allá que el de colaborar con los elementos ideológicos que cohesionan a la sociedad. El día del desfile para celebrar la Independencia de México en San Martín de la Piedra, el templete en que estarían las personalidades civiles del Ayuntamiento, donde terminaría el paseo cívico de costumbre y donde Severo pronunciaría su discurso cívico, en el lugar que se colocó el altar a la patria se pusieron de fondo “las cortinas del altar de las Ánimas, que el señor cura prestó a la comisión bondadosamente” (lb: 8; las cursivas son nuestras).
En el nuevo santoral, en la parafernalia del altar civil también caben los sacerdotes que entendieron que el orden teológico (desde el punto de vista de la teoría de los tres estados) debía ser superado; en ese altar aforado por las cortinas de la iglesia se encuentran los sacerdotes Miguel Hidalgo y José María Morelos y Pavón. Parece ser una señal de la religión positivista, la religión de la humanidad, laica, una utopía que no prosperó. Además, en México no se insistió en su proselitismo, ya que implicaría nuevos enfrentamientos y mayores desórdenes:
Se habla de una iglesia positiva, de una iglesia que ayude al poder político y no de la iglesia divorciada. Los positivistas aspiraban a ocupar el poder que había dejado la iglesia católica al divorciarse del estado; nuestros positivistas aspiraban a prestar su ayuda al estado; pero guardando su independencia. Este ideal no dejó de ser un ideal; es decir, no fue sino una utopía; la realidad mexicana no ha permitido ni permitirá la realización de esa idea. Nuestros positivistas lo ven así; pero no pierden la esperanza. Saben que tropiezan con una realidad que no es posible evitar. (Zea: 228)
En La Guerra de tres años, Rabasa va a explorar los conflictos causados entre autoridades civiles y gente cercana a la Iglesia por la aplicación de las Leyes de Reforma; en La Bola, el representante de la Iglesia implica a un hombre que sin graves conflictos internos (al menos no nos lo dice la novela) puede faltar a la ley de Dios, para ayudar a bien morir a una de sus feligresas. Cuando la mamá de Quiñones siente la muerte cerca, considera su deber dejar a Juan comprometido con Remedios, y por eso solicita al padre Marojo que pida a don Mateo la mano de la muchacha para su hijo; el soberbio cacique se niega a la unión. Sin embargo, en el lecho de muerte de la mamá de Juan Quiñones, al ser cuestionado el sacerdote por el resultado de su comisión, el narrador señala:
El cura me vio más airado que nunca y vaciló; yo le miré con ansiedad, temeroso de que la verdad escapase de sus labios. Mi madre fijó en él sus ojos avivados por la calentura que la devoraba, y el buen sacerdote mintió por primera vez en su larga y virtuosa carrera:
—Todo queda arreglado —le dijo— consiente y espera el alivio de usted para hablar sobre eso. (lb: 165–166)
El sacerdote no es un personaje sobreideologizado por su investidura religiosa, es un hombre que cree en la verdad; y su verdad, como para los positivistas, está basada en la experiencia, en la observación, no en lo que subjetivamente siente el sujeto, no en lo que moralmente le señala su doctrina. Marojo no es como Quiñones, quien había idealizado la bola y se siente decepcionado por los resultados del movimiento, por el oportunismo de los principales participantes; don Benjamín, alter ego del positivismo, sabe que los fenómenos, al repetirse de manera sistemática, se convierten en leyes:
—Eres un muchacho loco —me dijo el señor cura con semblante irritado— treinta y dos años llevo de ser cura de San Martín y conozco a esta gente como las palmas de mis manos. A todos éstos los he visto nacer, y sé cómo son y cómo fueron sus padres y sus abuelos. ¡Bah! De estas bolas he visto muchas, y todo lo que está pasando ya me lo sabía sin que me lo dijeran. (lb: 113)
Marojo es profético, pero no augura milagros, sus profecías no están basadas en la fe o en el deber ser. Las predicciones objetivas de don Benjamín son científicas, basadas en el conocimiento de los hechos; es un hombre que estudia los seres y los acontecimientos, pero no en libros, no en teorías que preconciben la realidad: el sacerdote se basa en la observación de los hechos empíricos, en sucesos comprobados, no en prejuicios. Es por boca del padre (a partir del cual el autor implícito nos hace un guiño, por medio de una prolepsis), que nos enteramos de lo que sucederá al final de la última novela (Moneda falsa), con el propósito de consolar a Juan Quiñones de la negativa del coronel para que se case con su sobrina, el sacerdote dice:
—No te apures —continuó el párroco cariñosamente—, tú y Remedios hacen un buen par y Dios ha de juntarlos. Ya verás lo que pasa con este hombre que nunca dejará de ser Mateo, el criado de tu padre; pasará que dentro de poco hará tales disparates y atrocidades en la Jefatura, que acabarán por echarle de allí; y quedando reducido a su natural y merecida nulidad, ya no tendrá los humos que ahora, y reconocerá que eres digno y muy digno de Remedios. (lb: 222)
El vaticinio del sacerdote no es exacto, como no podría serlo en una novela que desarrollará todavía muchas acciones en sus siguientes tres entregas: Mateo Cabezudo llegará de San Martín a la capital del estado como diputado local, más adelante se desplazará hasta la capital del país como diputado federal, de coronel ascenderá hasta general, pero finalmente, al no poder obtener una secretaría de Estado, regresará a San Martín derrotado, “quedando reducido a su natural y merecida nulidad”, y no pondrá objeción a la boda de Juan y Remedios. En la etapa positiva de la humanidad todo es orden y progreso, la sima del desarrollo social, en la novela, después de muchas calamidades hay un final… digamos “feliz".
En la iglesia Juan es asilado y curado de sus heridas durante la primera etapa de la bola; es ahí donde los personajes más desinteresados y fraternales viven (Felicia y don Benjamín); sin embargo, la Iglesia como institución no juega un papel importante, en términos de conflicto dramático, en el mundo de La Bola, pero sí en la concepción positiva del mundo. Marojo es visto como un individuo sin fanatismos, todos los elementos que lo configuran son positivos, esto significa que es el personaje que encarna lo bueno, en cuanto a lo humano y lo positivista; y lo bueno es el orden, Marojo es el tipo de sacerdote que se aspira tener en la sociedad del futuro, no enfrentados al Estado, sino al servicio del orden y del progreso. “Los adeptos a la idea del progreso, generalmente reacios a todo lo que fuera religiosidad, mediante la aplicación de esa idea, llegaron a comprender que incluso la religiosidad podía ser considerada como un tránsito necesario para alcanzar etapas de conciencia superiores”. (Villegas, 1972: 6)
Lo que nos confirma una vez más la influencia del positivismo en La Bola es que las características negativas son para los militares (Cabezudo y Coderas) y para los políticos oportunistas (Cañas y el diputado Gavilán), que viven escalando puestos y nombramientos, a partir del río revuelto que provocan los acontecimientos que desordenan la vida pacífica de los pobladores de una comunidad. Como para Maquiavelo, tal parece que los hombres son malos por naturaleza,[7] pero son las instituciones las que los pueden hacer buenos: la Iglesia, por ejemplo, o un Estado libre de corrupción y sin vacilaciones, fuertemente centralizado.
Conclusiones
En la novela en cuestión parece existir continuidad entre historia y literatura.
Es evidente que el positivismo comteano permea la narración.
Dentro de la teoría de los Tres Estados, por los que debe transitar la humanidad: metafísico, religioso y positivo, México debe reconocerse instaurado en la etapa positiva, por eso, en la novela, las características de la iglesia son:
- No enfrentada al Estado.
- Desinteresada.
- Fraterna.
- No lucha por el poder.
- Está al servicio de la reconstrucción y la paz.
- Es positiva, ayuda al poder político no se divorcia de él.
Podemos ver que urge la conciliación para que el desarrollo capitalista pueda mostrar las bondades del “progreso”. Hay que dejar de hacer política y dedicarse a la administración, como pedía don Porfirio a sus subordinados políticos y a la oposición.
La leva y el militarismo son elementos de la etapa metafísica, no ayudan al progreso de la nación, por eso son caracterizados semánticamente de manera negativa:
- Son producto de la guerra civil prolongada.
- La leva implica, en el XIX, la separación forzada del campesino-indio de su habitat. Y el campo se queda sin peones que trabajen la tierra y produzcan riqueza.
- Puede ser un promesa de ascenso social para algunos individuos: por méritos militares, pero es un peligro, destruye, no construye; chantajea, no propone.
Los impuestos de guerra muestran la inexistencia del Estado, su debilidad en el mejor de los casos. Los recaudadores son personeros de los bolistas, no es la Hacienda del Estado. Los prestamos forzados son impuestos de guerra destinados a la destrucción social y a la construcción, en caso de triunfo de una facción, del prestigio político y militar de un idividuo.
Considero que en esta novela, como en otras que se reclaman realistas y naturalistas, incluso costumbristas, las fronteras disciplinares entre la historia y literatura están superpuestas. La “verdad” histórica puede rastrearse en el discurso literario. No es un reflejo, pareciera que hay transiciones entre el discurso histórico y el literario.
La consolidación del capitalismo durante el Porfiriato requiere que no haya crítica al poder, sino a sus críticos que lo desestabilizan. El positivismo es parte del debate liberal entre libertad y orden. Los liberales se debaten entre conservar la libertad o instaurar el orden, he ahí el dilema.
Bibliografía
AZUELA, Mariano (1947). Cien años de novela mexicana. Botas. México.
________ (1976). “Emilio Rabasa”, en Obras completas, tomo iii. Fondo de Cultura Económica (fce). México. p. 639–646.
BARREDA, Gabino (1973). Estudios. Universidad Nacional Autónoma de México (unam). México. Biblioteca del Estudiante Universitario
BOSQUE Y LASTRA, Margarita (1979). La obra histórica y literaria de Rabasa en la conciencia histórica de México. Universidad Iberoamericana. México.
BRUSHWOOD, John S. (1998). México en su novela. FCE. México.
CARBALLO, Emmanuel (1999). Reflexiones sobre literatura mexicana siglo xix. Biblioteca del issste. México.
___________, (1991). Historia de las letras mexicanas en el siglo xix. Universidad de Guadalajara–Xalli. México.
COMTE, Augusto (1997). La filosofía positiva. Porrúa. México.
GLASS, Elliot S. (1975). México en las obras de Emilio Rabasa. Diana. México.
GONZÁLEZ, Manuel Pedro (1951). Trayectoria de la novela en México. Botas. México.
GONZÁLEZ NAVARRO, Moisés (1994). Sociedad y cultura en el Porfiriato. cnca. México.
GONZÁLEZ PEÑA, Carlos (1987). “Rabasa y sus novelas”, en Novelas y novelistas mexicanos. La crítica literaria en México, núm. 7. unam–Universidad de Colima. México. pp. 89–93.
GONZÁLEZ, Luis, (2000). “El liberalismo triunfante”, en Historia general de México. El Colegio de México. México. pp. 633–706.
GUTIÉRREZ NÁJERA, Manuel (1887). “La bola, de Sancho Polo”, en La crítica de la literatura mexicana en el siglo xix (1836–1894). La crítica literaria en México, núm. 2. Edición de Fernando Tola. unam–Universidad de Colima. México. pp. 97–99.
HAKALA, Marcia A. (1974). Emilio Rabasa novelista innovador mexicano en el siglo xix. Porrúa. México.
HERRERA ARIAS, Ismael (1980). Perfiles de la narrativa de Emilio Rabasa E. Facultad de Filosofía y Letras. unam. México.
HENRÍQUEZ UREÑA, Pedro (1984). “El positivismo independiente”, en Estudios Mexicanos. fce–sep. México. pp 238–248.
IMBERT, E. Anderson (1979). Historia de la literatura hispanoamericana I. La Colonia. Cien años de República. fce. México.
JIMÉNEZ RUEDA, Julio (1953). Historia de la literatura mexicana. Botas. México.
_________ (1996). Letras mexicanas en el siglo xix. fce. México.
J. LLOYD READ, Ph. D. (1939). The mexican historical novel 1826–1910. Instituto de las Españas en los Estados Unidos. Nueva York, usa.
KREMER–MARIETTI, Angéle (1979). El positivismo. cnca–Presses Universitaires de France. México.
LAY, Armando Manuel (1981). Visión del Porfiriato en cuatro narradores mexicanos: Rafael Delgado, Federico Gamboa, José López Portillo y Rojas y Emilio Rabasa. The University of Arizona. Arizona.
LEAL, Juan Felipe (1994). “La maquinaria política del porfirismo”, en Cien años de lucha de clases en México 1876–1976. Tomo i. Colmenares, Ismael et al. (comp.). Quinto Sol. México. pp. 61–68.
LÓPEZ–PORTILLO Y ROJAS, José (1971). La parcela. Porrúa. México.
___________ (1888), “La novela en México”, en La República Literaria. Año ii, Tomo iii (marzo 1987–marzo1988). Guadalajara.
MONSIVÁIS, Carlos (1986). “Emilio Rabasa: la tradición del desengaño”, en La bola. Emilio Rabasa. Océano. México.
MORENO DÍAZ, Daniel (1994). “El centenario de Emilio Rabasa”, en Los hombres de la Reforma”. Costa–Amic. México. pp. 333–343.
MORENO, Rafael (1959). “¿Fue humanista el positivismo mexicano?”, en Historia mexicana. Revista trimestral de El Colegio de México. Vol. viii, núm. 3, enero–marzo de 1959. México.
NAVARRO, Joaquina (1992). La novela realista mexicana. Universidad Autónoma de Tlaxcala. México.
POLO, Sancho (1887). La bola. López y Compañía Editores. México.
RAAT, William D. (1975). El positivismo durante el Porfiriato. SepSetentas. México.
RABASA, Emilio (1931). La guerra de tres años. Cultura. México.
———————— (1955). La guerra de tres años seguido de Poemas inéditos y desconocidos. Prólogo de Emmanuel Carballo. Libro–Mex editores. México.
———————— (1986). La evolución histórica de México. Coord. de Humanidades unam–Miguel Angel Porrúa. México.
———————— (1997). La bola y La gran ciencia. Porrúa. México.
RAMA, Ángel (s/f). Literatura y clase social, Folios Ediciones. s/l.
RAMOS, Samuel (1993). Historia de la filosofía en México. CNCA. México.
SALADO ÁLVAREZ, Victoriano (1946). “¡Académico! Don Emilio Rabasa. Peza, el dueño de México. Don José María Vigil”, en Memorias I. Tiempo viejo. ediapsa. México. pp. 343–348.
SERRA ROJAS, Andrés (1969). Antología de Emilio Rabasa I y II. Oasis. México.
STRATTON, Lorum H. (1971). Emilio Rabasa: life and works. The University of Arizona. Arizona.
TENA RAMÍREZ, Felipe (1935). Silueta de don Emilio Rabasa. Cultura. México.
VILLEGAS, Abelardo (1972). Positivismo y porfirismo. SepSetentas. México
WARNER, Ralph E. (1953). Historia de la novela mexicana en el siglo xix. Cultura. México.
ZEA, Leopoldo (1985). El positivismo y la circunstancia mexicana. Fce. México.
1. El presente ensayo está basado en un capítulo de la tesis: Ríos Rivera, Artemio (2004). El positivismo en el ciclo “Novelas Mexicanas” de Emilio Rabasa Estebanell, tesis de maestría, Universidad Veracruzana, Xalapa.
2. De aquí en adelante, para señalar las citas referidas a esta obra, utilizaremos lb con la paginación respectiva.
3. Sobre este pasaje José López Portillo y Rojas comenta: “No todo es, ciertamente, serio y triste en la novela. Tiene cuadros chispeantes y graciosos, que deleitan el ánimo alegremente, por la exactitud de la descripción y la deslumbrante viveza del colorido. Tal es la celebración de las fiestas patrióticas del 16 de Septiembre en San Martín de la Piedra. Allí aparecen tipos que todos conocemos, y escenas que son fotografías al natural”. (López–Portillo, 1888: 443).
4. Es importante rescatar este enfrentamiento entre el poder civil y el militar, condenado por nuestro narrador, porque justamente dicha oposición es lo que evitaba el avance del país e impedía la evolución al estado positivo, superando el teológico y el metafísico; y es un punto sobre el que insistían los positivistas mexicanos de la época. Al respecto, Leopoldo Zea deja muy clara la posición: “El estado teológico estaba representado en México por la época en que el dominio social, en que la política, estuvo en manos del clero y la milicia. El clero y la milicia representan el estado teológico de la historia positiva de México. Pero a este estado sigue un estado combativo, un estado en el cual se destruye el orden del estado teológico para ser sustituido por el orden positivo. Ésta era, este estado es el metafísico, que en México es identificado con las grandes luchas de los liberales contra los conservadores y que culmina con el triunfo de los primeros sobre los segundos, al triunfar el partido de la Reforma [...] Era menester que los mexicanos supiesen que se había iniciado una nueva era, una era que ya no podía ser la del oscurantismo teológico; un nuevo orden, que no era basado en la voluntad de la divinidad ni en la voluntad del caudillo militar. Tampoco era la del desorden metafísico, época que [aparentemente] se había terminado al ser destruido el antiguo orden. Se trataba de una nueva era, en la cual el orden positivo venía a sustituir al orden teológico y al desorden metafísico” (Zea: 49). Esta tensión no ha sido superada, de acuerdo con la narrativa de Rabasa, no hemos arribado al estado positivo, precisamente por las bolas, por la falta de orden entre los actores sociales y por ende en la sociedad; el enfrentamiento Coderas–Cabezudo es parte del desorden metafísico: cada uno quiere imponer su voluntad, sin demostrar la validez de sus proyectos.
5. Justo Sierra define a la leva como una enfermedad endémica de México: “El país estaba desquiciado; la guerra civil había, entre grandes charcos de sangre, amontonado escombros y miserias por todas partes; todo había venido por tierra; abajo, para el pueblo rural, se había recrudecido la leva, una de las enfermedades endémicas del trabajo mexicano […], que dispersaba al pueblo de los campos en el ejército, como carne de cañón; en la guerrilla, como elemento de regresión a la vida en la horda salvaje, y en la gavilla, la escuela nómada de todos los vicios antisociales” (Sierra en Villegas, 1972: 76).
6. Más allá de la cuestión estética, Emilio Rabasa, en la segunda década del siglo xx, escribe dos obras de carácter histórico y sociológico (La constitución y la dictadura y La evolución histórica de México), donde justifica la necesidad que México tenía, a fines del xix, de un gobierno fuertemente centralizado, como lo fue el Porfiriato, para poder impulsar el progreso del país.
7. O, en todo caso, tienen una tendencia natural al desorden, nos dice el autor implícito desde los niños de la escuela hasta los bolistas, pasando por los debatientes de las noticias encontradas que trae la prensa partidista (y por lo tanto, no objetiva) a San Martín de la Piedra.
viernes, 9 de abril de 2010
Una lectura posible de ODISEO
Una lectura de ODISEO
Artemio Ríos Rivera
El concepto de belleza como un goce en sí misma
y como guía de la vida fue expresado por vez primera
y del modo más pleno en Grecia, y las leyes conforme
a las cuales las cosas son bellas o feas, fueron en gran
parte descubiertas y formuladas allí.
Gilbert Murray
Diez años tardó Odiseo -después de la guerra de Troya que duró otros diez años-, en regresar a Ítaca, su patria. Homero (o los homéridas) nos relata esta aventura, este poema épico, durante 24 rapsodias en La Odisea; 24 recitaciones que tenían que ser contadas de un sólo suspiro cada una. Si bien es cierto la obra a lo largo de sus partes conserva como hilo conductor el regreso del héroe a su isla, también lo es que cada rapsodia conserva una unidad en sí misma y puede ser escuchada o leída de manera independiente a la totalidad del texto, la unidad del todo no riñe con la particularidad y unidad de cada una de las partes de la obra(1). Por lo anterior el recurso de la repetición y de la síntesis inicial de lo que va a suceder -o de lo que sucedió- era un elemento necesario para poner al escucha al tanto de la trama de toda la historia.
“La poesía heroica es siempre poesía oral; está compuesta oralmente, con frecuencia por bardos iletrados, y se recita cantando a un auditorio que la escucha. Formalmente es inmediatamente reconocible por la repetición constante de frases, versos y grupos de versos en conjunto.”(Finley, 1978:31). En la Odisea, es común el inicio de las rapsodias con la mención de la Aurora, recurso reiterativo que nos introduce en lo que se va a narrar, “Cuando apareció la hija de la mañana, la Aurora…”; “La Aurora se levantaba del lecho…”; “No bien se descubrió la hija de la mañana. La Aurora de rosáceos dedos…”; “No bien rayó la luz de la Aurora, Odiseo y el divinal porquerizo…”(2). En la medida que el bardo compone –o recompone sobre un guión inicial y básico-, cuando va narrando ante su auditorio, se entiende que la repetición es indispensable como un punto de apoyo, como el inicio de la hebra con la que se va a empezar a tejer la fantasía, el mito, el milagro de la recreación imaginativa de la palabra, de la oralidad.
Otro elemento estilístico utilizado con bastante frecuencia por Homero en la Odisea es el epíteto: “…el divinal Odiseo… el ingenioso Odiseo… Atenea, la deidad de ojos de lechuza…la Aurora, de áureo trono… el próvido Zeus… el resplandeciente Olimpo… la prudente Euriclea” son ejemplos de la utilización del mencionado recurso literario(3).
Es importante señalar que en La Iliada y La Odisea, los dos poemas épicos (de heroicos elogios a los héroes y a los dioses) fundamentales atribuidos a Homero, encontramos los orígenes de la literatura griega y europea además de existir entre ambos una continuidad más que evidente, al respecto José Luis Martínez (1976:50) señala: “El primero narra un episodio notable de una larga lucha; el segundo cuenta el regreso accidentado… de uno de los héroes. Pero mientras la Iliada es un poema rectilíneo, que no se aparta de su tema y su tono heroico, la Odisea tiene al menos dos temas distintos e importantes: las andanzas de Odiseo y la lucha por el poder en Ítaca, más numerosos cuentos, tradiciones y relatos folklóricos que le dan cierto carácter novelístico”.
Siguiendo la cuestión de los temas, Maurice Croiset señala que también “comprende dos partes, los viajes de Odiseo y las pruebas que tuvo que soportar en su casa hasta que mató a los pretendientes de Penélope” (Homero, 1988:6), por otro lado, para Finley (1978:35) los elementos de la obra son tres: “las andanzas fabulosas de Odiseo, la lucha por el poder en Ítaca y el regreso de Menelao, Agamenón y los demás héroes”. Indudablemente que el término odisea es hasta nuestros días utilizado como sinónimo de viaje largo, cansado, complicado y difícil. Indudablemente las peripecias de Odiseo para regresar a casa es un tema que no puede ser ignorado por ningún lector o crítico, alrededor de ese motivo se pueden encontrar entreverados otros más, como es el caso de la lucha por el poder o el papel de la mujer en la sociedad esclavista griega diez siglos antes de nuestra era, por citar un ejemplo.
En este sentido la posesión de la mujer como botín de guerra o herencia del poder es parte de esa lucha de los pretendientes por obtener en matrimonio a Penélope y gobernar en el reino de Odiseo. Cortejar a la esposa del ausente no es una galantería amorosa, es un signo de poder, es un derecho de sucesión en el mando, es una posibilidad sólo permitida a los nobles y ricos de Ítaca y sus alrededores, retomando a Martínez (1976:53) tenemos que los héroes de Homero “…se conducen en ocasiones con una crueldad brutal y toman a las mujeres como parte del botín de la guerra; al mismo tiempo, honran a sus padres, cuidan los deberes de la amistad, [y] acogen generosamente a sus huéspedes”. Aunque las mujeres –como el caso de las esclavas- pueden protagonizar seres que merezcan la muerte, el caso de Penélope es muy especial. Penélope es el anverso de la moneda donde esta acuñada Clitemnestra(4), la esposa de Odiseo es: “una heroína moral para las generaciones posteriores, encarnación de la bondad y de la castidad, para ser comparada con la infiel y asesina Clitemnestra, esposa de Agamenón; pero el término héroe no tiene género femenino en la edad de los héroes” (Finley 1978:36).
Por otro lado, en cuanto a los valores que se traslucen en La Odisea, tenemos primeramente el temor a los dioses como un elemento de buen entendimiento, de nobleza; los seres que hacen uso de la razón siempre son “temerosos de los dioses”. Es necesario recordar que los dioses, tanto como los hombres, están expuestos a sufrir, se encuentran divididos entre sí. Se odian y se combaten mutuamente, solo el padre Zeus puede ordenar y disponer por encima de los demás, siempre y cuando guarde ciertas formas, como las acordadas con Atenea para ayudar a Odiseo.
Los dioses son promiscuos y capaces de ayuntarse y tener descendencia con los mortales. Los olímpicos dioses están sujetos a pasiones humanas; tal vez la diferencia fundamental entre los héroes homéricos y las divinidades sea el problema de la inmortalidad, de la posibilidad de manejar ciertos hechizos o fuerzas de la naturaleza a voluntad, siempre y cuando no choquen con la voluntad de otros dioses o con alguna predestinación del oráculo.
Señalábamos ya el contexto del relato durante el período esclavista, entonces es necesario apuntar cómo se justifica la superioridad de los libres, de los nobles. Los esclavos (generalmente esclavas, ya que en la guerra los hombres morían y sus mujeres eran parte del botín) son elemento secundario en el relato, su actuación está en función de los amos, protección y los favores del propietario se obtienen a partir de la lealtad, esclavo que no es leal no tiene otro destino más que la muerte en manos del señor que así castiga la traición, esta es la orden que Odiseo -después de matar a los pretendientes- da a Telémaco, al bollero y al porquerizo, “…cuando hubieres puesto en orden toda la estancia, llevaos las esclavas afuera del sólido palacio, y allá, entre la rotonda y la bella cerca del patio, heridlas a todas con la espada de larga punta hasta que les arranquéis el alma” (Homero, 1993:170).
El rey, el noble, el guerrero son las fuerzas que, aliadas a los dioses, dominan la escena de la sociedad esclavista mediterránea varios siglos antes de nuestra era (¿siete, diez tal vez?); en una sociedad que vive con puertas, ventanas y traspatios al mar es comprensible que el oscuro ponto sea por donde se abren las rutas de salida y de regreso a casa, a la guerra, al país de los muertos, a los reinos vecinos para buscar noticias del padre ausente; el mar es un elemento omnipresente tanto en La Iliada como en La Odisea. La civilización griega es esencialmente marina, el mar Mediterráneo con sus innumerables islas es el marco geográfico de la aventura de este relato, las aguas mediterráneas son algo más que un telón de fondo.
Es por mar donde se hace la guerra y es del rey de los mares -Poseidón o Neptuno, que es igual aunque no sea lo mismo- quien con su oposición al regreso de Odiseo se convierte en el elemento detonante que desencadena todas las desventuras de nuestro héroe.
Por otro lado, retomando la idea del contexto y de los elementos que aporta la literatura griega a los siglos venideros, es importante señalar que Homero nos deja ver cómo la guerra y el consecuente saqueo que practican los vencedores son una forma común y aceptada de acumulación de las riquezas; cuando Odiseo (disfrazado de mendigo) es cuestionado por Eumeo sobre su pasado en la respuesta encontramos las siguientes afirmaciones: “Tomé mujer de gente muy rica, por sólo mi valor; que no era yo despreciable ni tímido en la guerra… era quien primero mataba con la lanza al enemigo… y todas las cosas llegaban a mis manos en gran abundancia. De ellas me reservaba las más agradables y luego me tocaban muchos por suerte; de manera que, creciendo mi casa con rapidez, fui poderoso y respetado…”(Homero 1993:105). Este elemento, la legitimidad del botín de guerra, más adelante será retomado por Karl Marx para explicar la acumulación originaria de capital: el saqueo, la rapiña, la guerra y el pillaje son las fuentes originarias de la riqueza, no el ahorro, no la herencia o el simple producto de la tierra.
También es necesario preguntarnos, ¿hasta dónde es Odiseo (el Ulises de los romanos) dueño de sus propios actos?, ¿hasta dónde es el destino ya trazado el que conduce al héroe por toda una serie de vicisitudes y lo saca avante? Homero atribuye a los dioses todo lo que entre los humanos de su poema épico sucede, Atenea (Minerva) por ejemplo dirige a Odiseo y a Telémaco paso a paso hasta su encuentro y alianza para matar a los pretendientes. Si Odiseo es el héroe, entonces los pretendientes de Penélope son los villanos.
En la rapsodia V, Mercurio, el mensajero de los dioses, hace saber a Calipso la orden de las deidades: ayudar a Odiseo en su partida de esa isla para que continúe el viaje a casa, el retorno no se puede cumplir por las solas fuerzas de Odiseo, el retorno es posible sólo con la voluntad de los dioses, el destino está por encima de la libre posibilidad del individuo. Igualmente nos encontramos en este mismo canto la profecía de Júpiter (o el padre Zeus que tampoco es igual, aunque sea lo mismo), Ulises arribará a la tierra de los feacios y estos lo conducirán a su destino final: Ítaca. De este modo observamos que la relación directa entre los hombres y los dioses, nos lleva a señalar el carácter mítico y de leyenda de La Odisea:
“Homero representa la primera etapa en la historia del dominio griego sobre sus mitos; sus poemas son frecuentemente pregriegos por así decirlo, en su tratamiento del mito; pero hay también en ellos llamaradas de algo más, de un genio ordenador del mundo, que logra armonizar al hombre y a la naturaleza, a los hombres y a los dioses, en tal forma que los siglos sucesivos pudieron extender y elevar esta armonía hasta lograr la gloria del helenismo.
Si es cierto que la historia europea comenzó con los griegos, es igualmente cierto que la historia griega comenzó con el mundo de Odiseo” (Finley, 1978:26)
Finalmente considero que, independientemente de sí fueron dos a más Homeros los creadores de La Iliada y La odisea; por encima de los posibles errores de los copistas y los traductores; al margen del carácter griego o prehelenístico del texto; más allá de que las partes de los poemas épicos hayan sido corrompidas por el paso del tiempo o por la traición de la memoria de quienes conservaron el relato a de manera oral; las aventuras de Odiseo y su mundo, heredan a la literatura universal y al patrimonio cultural de la humanidad, muchos elementos además del goce estético, elementos que nos permiten reconocer y reconocernos en el carácter y dificultades de héroes, villanos, dioses, esclavos y mujeres que esperan o que desesperan. Aunado a la herencia del resto de la literatura, la filosofía, el arte y la ciencia helenísticos, la producción literaria de Homero es un elemento sine qua non para explicarnos la literatura de todos los tiempos.
NOTAS
1. Desde El concilio de los dioses hasta La paces, pasando por la competencia atlética de Ulises con los feacios, o la privación de la vista al cíclope; la aventura con Circe; el episodio de las sirenas o; La matanza de los pretendientes pueden ser leídos de manera independiente o de conjunto sin que el lector pierda la idea general del texto.
2. Las citas en este trabajo que corresponden a la Odisea, son tomadas de la colección Sepan Cuántos de editorial porrua, en el caso de la edición de la UNAM solo se utilizó la nota preliminar de Maurce Croiset. En este caso las citas sobre la Aurora corresponden a los inicios de las rapsodias II, V, VIII y XVI respectivamente.
3. Los epítetos señalados se citan de la rapsodia XX, aunque es un elemento presente a lo largo de toda la obra.
4. A su regreso, Agamenón es asesinado en su hogar por su mujer y el amante de ésta –Clitemnestra y Egisto-.
BIBLIOGRAFÍA
FINLEY, M.I. (1978). El mundo de Odiseo. F.C.E. México.
HOMERO (1993). La Odisea. Editorial Porrua. México.
HOMERO (1988). La Odisea. UNAM. México.
MARTÍNEZ, José Luis (1976). El mundo antiguo, II. Grecia. SEP. México.
Artemio Ríos Rivera
El concepto de belleza como un goce en sí misma
y como guía de la vida fue expresado por vez primera
y del modo más pleno en Grecia, y las leyes conforme
a las cuales las cosas son bellas o feas, fueron en gran
parte descubiertas y formuladas allí.
Gilbert Murray
Diez años tardó Odiseo -después de la guerra de Troya que duró otros diez años-, en regresar a Ítaca, su patria. Homero (o los homéridas) nos relata esta aventura, este poema épico, durante 24 rapsodias en La Odisea; 24 recitaciones que tenían que ser contadas de un sólo suspiro cada una. Si bien es cierto la obra a lo largo de sus partes conserva como hilo conductor el regreso del héroe a su isla, también lo es que cada rapsodia conserva una unidad en sí misma y puede ser escuchada o leída de manera independiente a la totalidad del texto, la unidad del todo no riñe con la particularidad y unidad de cada una de las partes de la obra(1). Por lo anterior el recurso de la repetición y de la síntesis inicial de lo que va a suceder -o de lo que sucedió- era un elemento necesario para poner al escucha al tanto de la trama de toda la historia.
“La poesía heroica es siempre poesía oral; está compuesta oralmente, con frecuencia por bardos iletrados, y se recita cantando a un auditorio que la escucha. Formalmente es inmediatamente reconocible por la repetición constante de frases, versos y grupos de versos en conjunto.”(Finley, 1978:31). En la Odisea, es común el inicio de las rapsodias con la mención de la Aurora, recurso reiterativo que nos introduce en lo que se va a narrar, “Cuando apareció la hija de la mañana, la Aurora…”; “La Aurora se levantaba del lecho…”; “No bien se descubrió la hija de la mañana. La Aurora de rosáceos dedos…”; “No bien rayó la luz de la Aurora, Odiseo y el divinal porquerizo…”(2). En la medida que el bardo compone –o recompone sobre un guión inicial y básico-, cuando va narrando ante su auditorio, se entiende que la repetición es indispensable como un punto de apoyo, como el inicio de la hebra con la que se va a empezar a tejer la fantasía, el mito, el milagro de la recreación imaginativa de la palabra, de la oralidad.
Otro elemento estilístico utilizado con bastante frecuencia por Homero en la Odisea es el epíteto: “…el divinal Odiseo… el ingenioso Odiseo… Atenea, la deidad de ojos de lechuza…la Aurora, de áureo trono… el próvido Zeus… el resplandeciente Olimpo… la prudente Euriclea” son ejemplos de la utilización del mencionado recurso literario(3).
Es importante señalar que en La Iliada y La Odisea, los dos poemas épicos (de heroicos elogios a los héroes y a los dioses) fundamentales atribuidos a Homero, encontramos los orígenes de la literatura griega y europea además de existir entre ambos una continuidad más que evidente, al respecto José Luis Martínez (1976:50) señala: “El primero narra un episodio notable de una larga lucha; el segundo cuenta el regreso accidentado… de uno de los héroes. Pero mientras la Iliada es un poema rectilíneo, que no se aparta de su tema y su tono heroico, la Odisea tiene al menos dos temas distintos e importantes: las andanzas de Odiseo y la lucha por el poder en Ítaca, más numerosos cuentos, tradiciones y relatos folklóricos que le dan cierto carácter novelístico”.
Siguiendo la cuestión de los temas, Maurice Croiset señala que también “comprende dos partes, los viajes de Odiseo y las pruebas que tuvo que soportar en su casa hasta que mató a los pretendientes de Penélope” (Homero, 1988:6), por otro lado, para Finley (1978:35) los elementos de la obra son tres: “las andanzas fabulosas de Odiseo, la lucha por el poder en Ítaca y el regreso de Menelao, Agamenón y los demás héroes”. Indudablemente que el término odisea es hasta nuestros días utilizado como sinónimo de viaje largo, cansado, complicado y difícil. Indudablemente las peripecias de Odiseo para regresar a casa es un tema que no puede ser ignorado por ningún lector o crítico, alrededor de ese motivo se pueden encontrar entreverados otros más, como es el caso de la lucha por el poder o el papel de la mujer en la sociedad esclavista griega diez siglos antes de nuestra era, por citar un ejemplo.
En este sentido la posesión de la mujer como botín de guerra o herencia del poder es parte de esa lucha de los pretendientes por obtener en matrimonio a Penélope y gobernar en el reino de Odiseo. Cortejar a la esposa del ausente no es una galantería amorosa, es un signo de poder, es un derecho de sucesión en el mando, es una posibilidad sólo permitida a los nobles y ricos de Ítaca y sus alrededores, retomando a Martínez (1976:53) tenemos que los héroes de Homero “…se conducen en ocasiones con una crueldad brutal y toman a las mujeres como parte del botín de la guerra; al mismo tiempo, honran a sus padres, cuidan los deberes de la amistad, [y] acogen generosamente a sus huéspedes”. Aunque las mujeres –como el caso de las esclavas- pueden protagonizar seres que merezcan la muerte, el caso de Penélope es muy especial. Penélope es el anverso de la moneda donde esta acuñada Clitemnestra(4), la esposa de Odiseo es: “una heroína moral para las generaciones posteriores, encarnación de la bondad y de la castidad, para ser comparada con la infiel y asesina Clitemnestra, esposa de Agamenón; pero el término héroe no tiene género femenino en la edad de los héroes” (Finley 1978:36).
Por otro lado, en cuanto a los valores que se traslucen en La Odisea, tenemos primeramente el temor a los dioses como un elemento de buen entendimiento, de nobleza; los seres que hacen uso de la razón siempre son “temerosos de los dioses”. Es necesario recordar que los dioses, tanto como los hombres, están expuestos a sufrir, se encuentran divididos entre sí. Se odian y se combaten mutuamente, solo el padre Zeus puede ordenar y disponer por encima de los demás, siempre y cuando guarde ciertas formas, como las acordadas con Atenea para ayudar a Odiseo.
Los dioses son promiscuos y capaces de ayuntarse y tener descendencia con los mortales. Los olímpicos dioses están sujetos a pasiones humanas; tal vez la diferencia fundamental entre los héroes homéricos y las divinidades sea el problema de la inmortalidad, de la posibilidad de manejar ciertos hechizos o fuerzas de la naturaleza a voluntad, siempre y cuando no choquen con la voluntad de otros dioses o con alguna predestinación del oráculo.
Señalábamos ya el contexto del relato durante el período esclavista, entonces es necesario apuntar cómo se justifica la superioridad de los libres, de los nobles. Los esclavos (generalmente esclavas, ya que en la guerra los hombres morían y sus mujeres eran parte del botín) son elemento secundario en el relato, su actuación está en función de los amos, protección y los favores del propietario se obtienen a partir de la lealtad, esclavo que no es leal no tiene otro destino más que la muerte en manos del señor que así castiga la traición, esta es la orden que Odiseo -después de matar a los pretendientes- da a Telémaco, al bollero y al porquerizo, “…cuando hubieres puesto en orden toda la estancia, llevaos las esclavas afuera del sólido palacio, y allá, entre la rotonda y la bella cerca del patio, heridlas a todas con la espada de larga punta hasta que les arranquéis el alma” (Homero, 1993:170).
El rey, el noble, el guerrero son las fuerzas que, aliadas a los dioses, dominan la escena de la sociedad esclavista mediterránea varios siglos antes de nuestra era (¿siete, diez tal vez?); en una sociedad que vive con puertas, ventanas y traspatios al mar es comprensible que el oscuro ponto sea por donde se abren las rutas de salida y de regreso a casa, a la guerra, al país de los muertos, a los reinos vecinos para buscar noticias del padre ausente; el mar es un elemento omnipresente tanto en La Iliada como en La Odisea. La civilización griega es esencialmente marina, el mar Mediterráneo con sus innumerables islas es el marco geográfico de la aventura de este relato, las aguas mediterráneas son algo más que un telón de fondo.
Es por mar donde se hace la guerra y es del rey de los mares -Poseidón o Neptuno, que es igual aunque no sea lo mismo- quien con su oposición al regreso de Odiseo se convierte en el elemento detonante que desencadena todas las desventuras de nuestro héroe.
Por otro lado, retomando la idea del contexto y de los elementos que aporta la literatura griega a los siglos venideros, es importante señalar que Homero nos deja ver cómo la guerra y el consecuente saqueo que practican los vencedores son una forma común y aceptada de acumulación de las riquezas; cuando Odiseo (disfrazado de mendigo) es cuestionado por Eumeo sobre su pasado en la respuesta encontramos las siguientes afirmaciones: “Tomé mujer de gente muy rica, por sólo mi valor; que no era yo despreciable ni tímido en la guerra… era quien primero mataba con la lanza al enemigo… y todas las cosas llegaban a mis manos en gran abundancia. De ellas me reservaba las más agradables y luego me tocaban muchos por suerte; de manera que, creciendo mi casa con rapidez, fui poderoso y respetado…”(Homero 1993:105). Este elemento, la legitimidad del botín de guerra, más adelante será retomado por Karl Marx para explicar la acumulación originaria de capital: el saqueo, la rapiña, la guerra y el pillaje son las fuentes originarias de la riqueza, no el ahorro, no la herencia o el simple producto de la tierra.
También es necesario preguntarnos, ¿hasta dónde es Odiseo (el Ulises de los romanos) dueño de sus propios actos?, ¿hasta dónde es el destino ya trazado el que conduce al héroe por toda una serie de vicisitudes y lo saca avante? Homero atribuye a los dioses todo lo que entre los humanos de su poema épico sucede, Atenea (Minerva) por ejemplo dirige a Odiseo y a Telémaco paso a paso hasta su encuentro y alianza para matar a los pretendientes. Si Odiseo es el héroe, entonces los pretendientes de Penélope son los villanos.
En la rapsodia V, Mercurio, el mensajero de los dioses, hace saber a Calipso la orden de las deidades: ayudar a Odiseo en su partida de esa isla para que continúe el viaje a casa, el retorno no se puede cumplir por las solas fuerzas de Odiseo, el retorno es posible sólo con la voluntad de los dioses, el destino está por encima de la libre posibilidad del individuo. Igualmente nos encontramos en este mismo canto la profecía de Júpiter (o el padre Zeus que tampoco es igual, aunque sea lo mismo), Ulises arribará a la tierra de los feacios y estos lo conducirán a su destino final: Ítaca. De este modo observamos que la relación directa entre los hombres y los dioses, nos lleva a señalar el carácter mítico y de leyenda de La Odisea:
“Homero representa la primera etapa en la historia del dominio griego sobre sus mitos; sus poemas son frecuentemente pregriegos por así decirlo, en su tratamiento del mito; pero hay también en ellos llamaradas de algo más, de un genio ordenador del mundo, que logra armonizar al hombre y a la naturaleza, a los hombres y a los dioses, en tal forma que los siglos sucesivos pudieron extender y elevar esta armonía hasta lograr la gloria del helenismo.
Si es cierto que la historia europea comenzó con los griegos, es igualmente cierto que la historia griega comenzó con el mundo de Odiseo” (Finley, 1978:26)
Finalmente considero que, independientemente de sí fueron dos a más Homeros los creadores de La Iliada y La odisea; por encima de los posibles errores de los copistas y los traductores; al margen del carácter griego o prehelenístico del texto; más allá de que las partes de los poemas épicos hayan sido corrompidas por el paso del tiempo o por la traición de la memoria de quienes conservaron el relato a de manera oral; las aventuras de Odiseo y su mundo, heredan a la literatura universal y al patrimonio cultural de la humanidad, muchos elementos además del goce estético, elementos que nos permiten reconocer y reconocernos en el carácter y dificultades de héroes, villanos, dioses, esclavos y mujeres que esperan o que desesperan. Aunado a la herencia del resto de la literatura, la filosofía, el arte y la ciencia helenísticos, la producción literaria de Homero es un elemento sine qua non para explicarnos la literatura de todos los tiempos.
NOTAS
1. Desde El concilio de los dioses hasta La paces, pasando por la competencia atlética de Ulises con los feacios, o la privación de la vista al cíclope; la aventura con Circe; el episodio de las sirenas o; La matanza de los pretendientes pueden ser leídos de manera independiente o de conjunto sin que el lector pierda la idea general del texto.
2. Las citas en este trabajo que corresponden a la Odisea, son tomadas de la colección Sepan Cuántos de editorial porrua, en el caso de la edición de la UNAM solo se utilizó la nota preliminar de Maurce Croiset. En este caso las citas sobre la Aurora corresponden a los inicios de las rapsodias II, V, VIII y XVI respectivamente.
3. Los epítetos señalados se citan de la rapsodia XX, aunque es un elemento presente a lo largo de toda la obra.
4. A su regreso, Agamenón es asesinado en su hogar por su mujer y el amante de ésta –Clitemnestra y Egisto-.
BIBLIOGRAFÍA
FINLEY, M.I. (1978). El mundo de Odiseo. F.C.E. México.
HOMERO (1993). La Odisea. Editorial Porrua. México.
HOMERO (1988). La Odisea. UNAM. México.
MARTÍNEZ, José Luis (1976). El mundo antiguo, II. Grecia. SEP. México.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
Video del Ejido San José
Evidencia a mitad del proceso...