martes, 13 de abril de 2010

LA BOLA Y EL POSITIVISMO


La bola1

Los asuntos literarios viven en íntimo consorcio con su historia problemática: la transportan consigo y se dejan penetrar de ella.
Ángel Rama

En 1887 y 1888, con la firma de Sancho Polo, Emilio Rabasa publica el ciclo de “Novelas Mexicanas” compuesto por cuatro textos: La bola, La gran ciencia, El cuarto poder y Moneda falsa. Estas obras forman una sola unidad, ya que como dice Marcia Hakala: “Fundamentalmente, están construidas sobre un solo argumento central, siguiendo un desarrollo lineal casi totalmente horizontal, sin digresiones confusas por planes secundarios extraños” (Hakala:  80).
La diégesis, contada por el protagonista Juan Quiñones, es una larga analepsis llena de acciones que involucran a los mismos personajes; sin embargo, cada texto conserva una independencia narrativa y una autonomía relativa con relación a los demás escritos, por lo que es posible abordarlos por separado, sin menoscabo de la comprensión y unidad estética de cada uno de ellos. Por esta razón, en este momento nos acercaremos únicamente a La bola.[2]
El mundo posible que instaura La bola, se desarrolla en el pueblo de San Martín de la Piedra, cabecera de distrito del estado natal de Juan Quiñones; el pueblo de la Piedra cuenta con alrededor de 1, 600 habitantes en un país de 11 millones de pobladores, según datos que nos proporciona el narrador; de acuerdo con estos elementos podríamos pensar, como una lectura posible, que la novela se desarrolla en el México de fines del siglo xix.
La diégesis se inicia en un día de fiesta, un 16 de septiembre con un desfile para celebrar el acontecimiento histórico[3] que es el “sol en toda nuestra nación” (lb: 5): la Independencia. Al iniciar la columna cívica se da un acontecimiento que presagia malos augurios para los pacíficos habitantes de San Martín y para los principales del lugar: la bandera que encabeza el desfile es disputada entre el poder militar (el comandante Mateo Cabezudo) y el poder civil (el jefe político don Jacinto Coderas).[4] La columna que recorría las calles, la música desacompasada, el repique de las campanas y el estruendo de los cohetes presagian ya el desorden que trae consigo la bola, pues aquello “más que un regocijo público, parecía el comienzo frenético de una asonada tremenda” (lb: 3).
Aunque pacífico, San Martín resiente el eco de los acontecimientos políticos que se suceden en otras latitudes del Estado y que permiten potenciar las desavenencias personales o políticas del lugar, obligando a los habitantes a tomar partido o ser arrastrados por los acontecimientos: “Por aquellos días andaba la política descompuesta y la situación delicada, en virtud de que el descontento cundía en las poblaciones más importantes del Estado; la tempestad se anunciaba con un murmullo sordo” (lb: 15).
Las enemistades de los dos barrios que conforman el poblado, las politiquerías y desavenencias personales que los movían crearon parte de las condiciones para que, con la vaga noticia de sublevación en un lugar próximo, se lance (o sea precipitado) a la bola el comandante Cabezudo.
El conflicto estalla cuando el lábaro, que por tradición debe ser conducido por Cabezudo, le es arrebatado por Coderas. Los bandos tienen que pasar entonces de las palabras a los hechos, del chisme y la intriga al enfrentamiento violento y armado.
Ambos personajes políticos son representantes de diferentes espacios geográficos del lugar, lo que de alguna manera es definido por su condición social: Coderas con los de las Lomas y Cabezudo con los del Arroyo.
Cabezudo venía del arroyo, era el hijo de una mujer del pueblo (de su progenitor no sabemos nada), de una lavandera; él aprende a leer a los 25 años de edad con ayuda del padre de Juan; sin embargo, había ido ascendiendo en la escala social como era normal en ese mundo de leva,[5] bolas, oportunismo y caos. Mateo era un militar formado en las bolas, su carrera se había iniciado en la leva durante el Primer Imperio —aunque Mateo nunca supo “si en favor o en contra de Su Alteza Serenísima” (lb: 12)—; en su segunda incursión militar tomó el grado de teniente; en la bola de su pueblo tomará para sí el cargo de teniente–coronel, por perder la primera batalla en San Martín. Después, una vez triunfante sobre Coderas y puesto al servicio del Gobierno, es nombrado coronel y más adelante tendrá otros ascensos de grado militar.
El Arroyo agrupa a más de mil pobladores en la parte baja del pueblo; esta población, podemos presumir, es fundamentalmente indígena, ya que Pedro Martín y su familia son indígenas. Pedro Martín es el líder natural del lugar: es el “indio que movía el barrio” (lb: 120).
Mateo era el único militar de San Martín; si bien venía del Arroyo ya se había forjado un nombre; si tenía un pasado indígena no lo deja claro la novela, en el presente narrativo es un mestizo, un ser “superior“ a los hombres de su origen social, y, por lo mismo, fue nombrado comandante y concejal. Además, en un reparto de tierras por las leyes de desamortización, se había hecho de una no bien habida riqueza respetable; es en ese sentido que se sentía con la aspiración legítima de ser jefe político del lugar y de que su nombre fuera respetado, ya que él no era un don nadie.
El jefe político, Jacinto Coderas, no era originario del pueblo pedreño, ya que había sido enviado por el Gobierno a ese lugar. Coderas era “también comandante de la Guardia Nacional, hombre duro si los hay y de pocas o ningunas pulgas, mala fama y peor catadura, que según las misteriosas y reservadas hablillas, [Mateo] tenía instrucciones del Gobierno para someter de grado o por fuerza al cacique.” (lb: 14)
La base social de Coderas estaba en las Lomas, la parte alta del pueblo, donde vivían los pobladores más civilizados, pero también los más débiles; en las Lomas se concentraban 600 habitantes.
Todo eso nos lo hace saber nuestro narrador Juan Quiñones, protagonista de la novela y aliado natural de Cabezudo, ya que está enamorado (y correspondido) de Remedios, la sobrina del militar; por lo tanto, su destino será arrollado por los acontecimientos políticos y militares en los que intervendrá don Mateo. Quiñones juega un papel importante en el desarrollo de las acciones: es presentado “como típico mexicano de provincia, de la clase media” (Glass: 133), pero ante la muerte de su padre y el paso del tiempo (nos dice que tiene 20 años edad), se va degradando su situación económica hasta la muerte de su madre, al final de la bola. Juan desciende o se estanca en la escala social, mientras Cabezudo se eleva hasta la jefatura política; consecuentemente las pretensiones de casamiento de Juan serán entorpecidas, ya que él no saca ningún provecho de la bola, si acaso pérdidas, como lo es la defunción de su ser más querido: “Quiñones es un hombre ingenuo, constantemente excitado o intrigado por las injusticias y malas acciones que presencia; el grado de violencia con que siente lo que sucede a su alrededor se refleja en el temple de la acción”. (Navarro: 49)
Aunque Remedios no representa un papel muy activo en la novela, sirve para que el autor implícito haga, a través de su descripción, una crítica al romanticismo de los personajes femeninos decimonónicos:

Si digo que Remedios era una muchacha tímida, dulce y delicada, no por ello tema el lector de juicio que vaya a tomarme el trabajo de inventar, pintar y adornar una heroína con tubérculos, ni que quiera seguir, hilo por hilo y lamento por lamento, la historia triste de un amor escrofuloso. No; Remedios valía más que esas desgraciadas heroínas de la tos; […] No haya temor de que, ignorados sus padres, resulte luego hija del Sultán de Marruecos en la penúltima página de este libro. (lb: 23–33)

El azar, la suerte, el impulso irracional de conservar para sí a su madre y a la mujer amada, hacen que Quiñones utilice todo su talento (desde escritor de proclamas hasta improvisado estratega militar) y un valor ciego para dar la victoria a las huestes de Cabezudo sobre el jefe político. Sin embargo, los detalles de esta situación no se hacen públicos, porque el vencedor políticamente es el que escribe la historia oficial, es el que ambiciona el poder y se hace de él; puede por lo tanto, desde el poder, dar una versión de la heroica jornada. No obstante, Juan y Mateo saben, aunque les pese, la verdad de los hechos; mostrándose entonces que el antagonismo no se da entre las fuerzas políticas, sino entre los oportunistas ambiciosos, como el cacique, junto a los demás personajes de la clase política local y el ciudadano común, que arrastrado por la bola, puede ver con claridad que los vencedores en la contienda política no son mejores que los arbitrarios vencidos. Es por eso que al final de la obra surge un nuevo antagonismo que se va a conservar durante las otras novelas del ciclo: los otrora aliados Cabezudo y Quiñones, de ahora en adelante serán enemigos. El tío de Remedios no puede por lo tanto consentir la boda del joven escribiente con la sobrina del ahora coronel y jefe político de San Martín de la Piedra.
Pasando a la máxima del positivismo, orden y progreso, nosotros vemos que para el autor implícito es claro que la bola va a trastocar el orden cotidiano de la vida en la comunidad y va a enfrentar a los habitantes de la misma entre sí:

En San Martín, mientras tanto, se procuraba no tener opinión, por lo expuesto que es formularla antes de que se sepa el resultado probable del negocio; pero yo, que oía las conversaciones y atisbaba las palabras y los gestos, y aun alguna descuidada franqueza, me persuadí desde entonces de que en este país la opinión está siempre en favor del desorden, dé donde diere, y sin necesidad de averiguación a verdad supuesta y buena fe guardada. (lb: 17–18)

La bola sin duda tiene una connotación negativa en la novela. Como lo tenía en la época la revuelta, el levantamiento para derrocar una forma personal de gobernar e imponer otra, sin ninguna perspectiva de redención social. Al respecto, John S. Brushwood escribe:

Por bola hay que entender una escaramuza política local, gracias a la cual un ambicioso político se convierte en jefe del lugar. Se dañan propiedades, hay quienes pierden la vida o están a punto de perderla; el único resultado es que un hombre ha aumentado su poder sobre otras personas. (Brushwood:  231)

Aunque nuestro narrador al final de la novela hace una diferenciación entre la bola y la revolución, en el resto del escrito se identifica a ambas por un factor común: el desorden. Veamos primero la diferenciación y después pasaremos a ver el lado negativo de ambas, de acuerdo a la narraciónn:

No calumniemos a la lengua castellana ni al progreso humano, y tiempo es ya para ello de que los sabios de la Correspondiente envíen al Diccionario de la Real Academia esta fruta cosechada al calor de los ricos senos de la tierra americana. Nosotros, inventores del género, le hemos dado el nombre, sin acudir a raíces griegas y latinas, y le hemos llamado bola. Tenemos privilegio exclusivo; porque si la revolución como ley ineludible es conocida en todo el mundo, la bola sólo puede desarrollar, como la fiebre amarilla, bajo ciertas latitudes. La revolución se desenvuelve sobre la idea, conmueve a las naciones, modifica una institución y necesita ciudadanos; la bola no exige principios ni los tiene jamás, nace y muere en corto espacio material y moral, y necesita ignorantes. En una palabra: la revolución es hija del progreso del mundo, y ley ineludible de la humanidad; la bola es hija de la ignorancia y castigo inevitable de los pueblos atrasados. (lb: 167–168; las cursivas son nuestras)

Partiendo de la convención —como ya lo señalamos— que el país es México, inserto en el mundo del siglo xix, con todas las implicaciones históricas que ello conlleva, podemos inferir que la cita anterior está cargada de elementos positivistas que tienen que ver con la justificación de un régimen político, el juarismo por evocación y el Porfiriato[6] como presente histórico, que, en los momentos que el autor–persona escribió la novela, se estaba consolidando. Una revolución dada con la Independencia (como la define Leopoldo Zea: 1985) y completada con la Restauración de la República después de la Guerra de los Tres Años, termina con lo que podríamos llamar la etapa teológica del desarrollo histórico de nuestro país. Sin embargo, si bien es cierto que esa revolución es una lucha en contra del orden precapitalista y colonial (por lo tanto, justificable para poder arribar a un nuevo orden social y político), también lo es que para lograr el progreso de la sociedad (“ley ineludible de la humanidad”, señala la novela) es necesario acabar con los movimientos armados, que lo único que traen consigo es la anarquía, propia de la etapa metafísica, enemiga del progreso y del orden. Rabasa aprueba la revolución porque Independencia y Reforma son movimientos revolucionarios que terminaron con el antiguo régimen; no así los levantamientos y pronunciamientos posteriores que se manifiestan por medio de las armas. Así lo define Leopoldo Zea:

La historia de México es la historia de esta lucha decisiva, y el triunfo de la revolución [de Independencia] es el triunfo de la emancipación mental de la humanidad. El triunfo del partido de la Reforma es el triunfo del espíritu positivo. Es en México donde las luces de la ciencia positiva invaden el terreno de la política y arrebatan a la teología el dominio de los hombres [...] En esta lucha triunfaron los hombres que encarnaban el espíritu positivo, el espíritu del progreso, siendo una de sus primeras medidas la separación de la iglesia y el estado y la desamortización de los bienes de la iglesia. En esta forma se quiso invalidar un poder que se oponía al progreso [...] No quedaba sino un grupo vencedor: el de los liberales mexicanos. Sin embargo, la situación en que quedaba el grupo vencedor no era nada envidiable. El partido de la Reforma era el amo y señor de la nación mexicana; pero esta no era sino un país en ruinas. Ruina y desolación era lo que por todas partes se encontraba. El desorden y la anarquía reinaban en todos los rincones de la República. El vencedor necesitaba establecer nuevamente el orden. (Zea: 59, 61 y 62)

Para que México consolide su arribo histórico a la etapa positiva del desarrollo de la humanidad, de acuerdo con la lógica que venimos señalando, es necesario que la gente del campo pueda trabajar en paz, sin la desazón que conllevan las distintas sublevaciones militares protagonizadas durante la pugna de liberales y conservadores, por la hegemonía política de la nación.
En un mundo donde los periódicos no están al servicio del progreso, sino sólo de las diferentes facciones que se disputan el poder político (como el Instructor y La Conciencia Pública, órgano oficial de los partidarios del licenciado Pérez Gavilán), en un mundo donde el pueblo es ignorante o poco instruido (como en San Martín), las noticias de fondo se convierten en elementos de agitación sin ningún sustento de verdad, lo que hace que desde su gestación las bolas sean condenables, como nos lo hace ver con una fina ironía el autor implícito de la novela:

Bien visto el caso, la revolución era justa y legítima; se trataba de derrocar la tiranía y la tiranía es abominable. Yo no sabía cuáles eran los abusos del poder; pero que el gobierno abusaba, era cosa fuera de toda duda y discusión. ¡Hombre!, y es bonito el papel del que acaba con los tiranos; algo hay de eso en el Instructor que he leído con particular atención. (lb: 27)

Sin duda, en la prensa partidaria, la crítica no está basada en la observación objetiva de los hechos (como lo reclaman los científicos positivistas), sino en los intereses de los políticos que “se proponen armar la gorda para defender los ultrajados derechos del pueblo” (lb: 30). De la prensa se va a ocupar con más detenimiento nuestro protagonista en la tercera novela (El cuarto poder). De la bola podemos interpretar que es irónico que los hombres actúen sin una visión científica de la realidad, sólo impulsados por quienes no pueden exponer la verdad tal cual es, sino sólo de manera parcial y manipulada:

¡Qué artículos de fondo censurando las contribuciones y olvidando los gastos de la Administración! ¡Qué sonetos pintando los errores de la tiranía y lamentando la humillación del pueblo! ¡Qué párrafos de gacetilla, echando en cara al Ayuntamiento de la capital del Estado, los malos pisos de las calles, y tal y cual abuso de un agente de policía! (lb: 30–31)

Los Llamas, cuatro hermanos adultos ya entrados en años (Justo, Agustín, Bernarda y Sabina), sin duda representan a la burguesía rural progresista, pacífica, capaz de solicitar créditos para lograr la modernización y ampliación de sus tierras, una clase social medianamente ilustrada en la medida que se lo permiten los pocos libros que tiene a su alcance (Los tres mosqueteros, El judío errante, entre otros); una burguesía agraria trabajadora que no puede lograr sus aspiraciones porque está a merced de los bolistas, sin la protección de un Estado eficiente, fuerte y centralizado. Entre la libertad y la seguridad, los positivistas optan por la segunda. Los Llamas no pueden defenderse, hacer justicia por su propia mano o mantenerse al margen de los acontecimientos que se precipitan, nadie garantiza su seguridad para invertir, para producir. Don Justo, ante la petición de asilo que Cabezudo hace a los Llamas para Juan Quiñones, dice:

—¡Es decir, que la revolución es ya un hecho en San Martín! ¡Es decir, que ya los hombres trabajadores y honrados, vamos a comenzar a sufrir de nuevo los estragos de la gente desordenada y sin oficio! Lo mismo fue hace pocos años, y eso que la gente de San Martín no se ha metido en todas las bolas. Mañana echarán un préstamo los de la revolución y pasado mañana los del Gobierno, y esos mejor se debieran llamar dádivas o robos, puesto que nunca se los pagan a uno. […] yo he contraído compromisos para mejorar algo este rancho […] y es una verdadera picardía que porque al señor Gavilán se le antoja trastornar el país, yo no pueda pagar mis deudas y realizar un beneficio para mi finca, porque unos y otros necesitan de mi dinero, de mis caballos, de mis toros y hasta de mi casa, para matarse y perjudicarse recíprocamente! (lb: 65–66)

Ante tal situación de inseguridad para invertir en el progreso material, es imposible que las clases laboriosas puedan cumplir con su compromiso social ya que, “La burguesía, exprimida sin piedad o por régulos locales o por gobiernos en lucha, escondía su dinero y retraía sus simpatías” (Sierra, en Villegas, 1972: 76). Quienes alteran el equilibrio de las cosas trastocan el orden del todo y no sólo de la parte donde se manifiesta su intervención.
        Por otro lado, otro elemento manejado por el positivismo y rescatado en la novela es el desarrollo natural de algunos fenómenos y la confianza, tanto en la ciencia como en los hombres dedicados a ella; después de la primera batalla entre las tropas de Cabezudo y Coderas, a las afueras de San Martín, Juan Quiñones sale herido y es curado a hurtadillas en la iglesia del padre Marojo; durante su convalecencia es atendido por una curandera: “La curandera me visitaba todos los días y me hacía alguna curación enteramente inútil, puesto que mi herida no tenía importancia real y la cicatrización estaba encomendada a la naturaleza” (lb: 110).
Cuando las fuerzas de Cabezudo toman el pueblo y viene la pacificación, Juan puede ir a atender a su madre que ha estado enferma e injustamente encarcelada durante la refriega; con fina ironía nos dice cómo calma sus aprensiones ante la inminente llegada del médico:

Mañana estará aquí [dijo Felicia]; no te aflijas, hijito; teniendo médico no hay que temer nada [...] En San Martín se creía formalmente que en habiendo médico nadie podía morirse, y esto aun cuando la experiencia les mostrase frecuentemente lo contrario. Y como yo no tenía por qué escapar de la regla común, me tranquilicé bastante con aquella noticia. (lb: 148–149)

Un elemento importante a destacar es el papel de la Iglesia en la novela, el padre Benjamín Marojo tiene un compromiso con su religión y con su Dios, pero no se trata de un sacerdote ortodoxo, por decirlo de algún modo; no es un personaje que se involucre en las pugnas por el poder, es un personaje positivista en todas sus acciones y pensamientos. Sí, los positivistas planteaban que en la nueva etapa la naciente religión fuera laica y tenía que ver con la concepción burguesa de patria: territorio delimitado; lengua, religión; nación como un imaginario inherentemente limitado y soberano; y de un nacionalismo que, como señala Anderson, hace suyos los símbolos religiosos. La nueva religión, la doctrina laica, era para venerar a los héroes que dieron la patria, pero, en la narrativa de Rabasa, la dieron ya, y a partir de ese momento la tarea es hacerla progresar.
El padre Marojo comparte las cosas de Dios con las de la patria sin ningún conflicto, sin otro interés más allá que el de colaborar con los elementos ideológicos que cohesionan a la sociedad. El día del desfile para celebrar la Independencia de México en San Martín de la Piedra, el templete en que estarían las personalidades civiles del Ayuntamiento, donde terminaría el paseo cívico de costumbre y donde Severo pronunciaría su discurso cívico, en el lugar que se colocó el altar a la patria se pusieron de fondo “las cortinas del altar de las Ánimas, que el señor cura prestó a la comisión bondadosamente” (lb: 8; las cursivas son nuestras).
En el nuevo santoral, en la parafernalia del altar civil también caben los sacerdotes que entendieron que el orden teológico (desde el punto de vista de la teoría de los tres estados) debía ser superado; en ese altar aforado por las cortinas de la iglesia se encuentran los sacerdotes Miguel Hidalgo y José María Morelos y Pavón. Parece ser una señal de la religión positivista, la religión de la humanidad, laica, una utopía que no prosperó. Además, en México no se insistió en su proselitismo, ya que implicaría nuevos enfrentamientos y mayores desórdenes:

Se habla de una iglesia positiva, de una iglesia que ayude al poder político y no de la iglesia divorciada. Los positivistas aspiraban a ocupar el poder que había dejado la iglesia católica al divorciarse del estado; nuestros positivistas aspiraban a prestar su ayuda al estado; pero guardando su independencia. Este ideal no dejó de ser un ideal; es decir, no fue sino una utopía; la realidad mexicana no ha permitido ni permitirá la realización de esa idea. Nuestros positivistas lo ven así; pero no pierden la esperanza. Saben que tropiezan con una realidad que no es posible evitar. (Zea: 228)

En La Guerra de tres años, Rabasa va a explorar los conflictos causados entre autoridades civiles y gente cercana a la Iglesia por la aplicación de las Leyes de Reforma; en La Bola, el representante de la Iglesia implica a un hombre que sin graves conflictos internos (al menos no nos lo dice la novela) puede faltar a la ley de Dios, para ayudar a bien morir a una de sus feligresas. Cuando la mamá de Quiñones siente la muerte cerca, considera su deber dejar a Juan comprometido con Remedios, y por eso solicita al padre Marojo que pida a don Mateo la mano de la muchacha para su hijo; el soberbio cacique se niega a la unión. Sin embargo, en el lecho de muerte de la mamá de Juan Quiñones, al ser cuestionado el sacerdote por el resultado de su comisión, el narrador señala:

El cura me vio más airado que nunca y vaciló; yo le miré con ansiedad, temeroso de que la verdad escapase de sus labios. Mi madre fijó en él sus ojos avivados por la calentura que la devoraba, y el buen sacerdote mintió por primera vez en su larga y virtuosa carrera:
—Todo queda arreglado —le dijo— consiente y espera el alivio de usted para hablar sobre eso. (lb: 165–166)

El sacerdote no es un personaje sobreideologizado por su investidura religiosa, es un hombre que cree en la verdad; y su verdad, como para los positivistas, está basada en la experiencia, en la observación, no en lo que subjetivamente siente el sujeto, no en lo que moralmente le señala su doctrina. Marojo no es como Quiñones, quien había idealizado la bola y se siente decepcionado por los resultados del movimiento, por el oportunismo de los principales participantes; don Benjamín, alter ego del positivismo, sabe que los fenómenos, al repetirse de manera sistemática, se convierten en leyes:

—Eres un muchacho loco —me dijo el señor cura con semblante irritado— treinta y dos años llevo de ser cura de San Martín y conozco a esta gente como las palmas de mis manos. A todos éstos los he visto nacer, y sé cómo son y cómo fueron sus padres y sus abuelos. ¡Bah! De estas bolas he visto muchas, y todo lo que está pasando ya me lo sabía sin que me lo dijeran. (lb: 113)

Marojo es profético, pero no augura milagros, sus profecías no están basadas en la fe o en el deber ser. Las predicciones objetivas de don Benjamín son científicas, basadas en el conocimiento de los hechos; es un hombre que estudia los seres y los acontecimientos, pero no en libros, no en teorías que preconciben la realidad: el sacerdote se basa en la observación de los hechos empíricos, en sucesos comprobados, no en prejuicios. Es por boca del padre (a partir del cual el autor implícito nos hace un guiño, por medio de una prolepsis), que nos enteramos de lo que sucederá al final de la última novela (Moneda falsa), con el propósito de consolar a Juan Quiñones de la negativa del coronel para que se case con su sobrina, el sacerdote dice:

—No te apures —continuó el párroco cariñosamente—, tú y Remedios hacen un buen par y Dios ha de juntarlos. Ya verás lo que pasa con este hombre que nunca dejará de ser Mateo, el criado de tu padre; pasará que dentro de poco hará tales disparates y atrocidades en la Jefatura, que acabarán por echarle de allí; y quedando reducido a su natural y merecida nulidad, ya no tendrá los humos que ahora, y reconocerá que eres digno y muy digno de Remedios. (lb: 222)

El vaticinio del sacerdote no es exacto, como no podría serlo en una novela que desarrollará todavía muchas acciones en sus siguientes tres entregas: Mateo Cabezudo llegará de San Martín a la capital del estado como diputado local, más adelante se desplazará hasta la capital del país como diputado federal, de coronel ascenderá hasta general, pero finalmente, al no poder obtener una secretaría de Estado, regresará a San Martín derrotado, “quedando reducido a su natural y merecida nulidad”, y no pondrá objeción a la boda de Juan y Remedios. En la etapa positiva de la humanidad todo es orden y progreso, la sima del desarrollo social, en la novela, después de muchas calamidades hay un final… digamos “feliz".
En la iglesia Juan es asilado y curado de sus heridas durante la primera etapa de la bola; es ahí donde los personajes más desinteresados y fraternales viven (Felicia y don Benjamín); sin embargo, la Iglesia como institución no juega un papel importante, en términos de conflicto dramático, en el mundo de La Bola, pero sí en la concepción positiva del mundo. Marojo es visto como un individuo sin fanatismos, todos los elementos que lo configuran son positivos, esto significa que es el personaje que encarna lo bueno, en cuanto a lo humano y lo positivista; y lo bueno es el orden, Marojo es el tipo de sacerdote que se aspira tener en la sociedad del futuro, no enfrentados al Estado, sino al servicio del orden y del progreso. “Los adeptos a la idea del progreso, generalmente reacios a todo lo que fuera religiosidad, mediante la aplicación de esa idea, llegaron a comprender que incluso la religiosidad podía ser considerada como un tránsito necesario para alcanzar etapas de conciencia superiores”. (Villegas, 1972: 6)
Lo que nos confirma una vez más la influencia del positivismo en La Bola es que las características negativas son para los militares (Cabezudo y Coderas) y para los políticos oportunistas (Cañas y el diputado Gavilán), que viven escalando puestos y nombramientos, a partir del río revuelto que provocan los acontecimientos que desordenan la vida pacífica de los pobladores de una comunidad. Como para Maquiavelo, tal parece que los hombres son malos por naturaleza,[7] pero son las instituciones las que los pueden hacer buenos: la Iglesia, por ejemplo, o un Estado libre de corrupción y sin vacilaciones, fuertemente centralizado.

Conclusiones

En la novela en cuestión parece existir continuidad entre historia y literatura.
Es evidente que el positivismo comteano permea la narración.
Dentro de la teoría de los Tres Estados, por los que debe transitar la humanidad: metafísico, religioso y positivo, México debe reconocerse instaurado en la etapa positiva, por eso, en la novela, las características de la iglesia son:
  • No enfrentada al Estado.
  • Desinteresada.
  • Fraterna.
  • No lucha por el poder.
  • Está al servicio de la reconstrucción y la paz.
  • Es positiva, ayuda al poder político no se divorcia de él.

Podemos ver que urge la conciliación para que el desarrollo capitalista pueda mostrar las bondades del “progreso”. Hay que dejar de hacer política y dedicarse a la administración, como pedía don Porfirio a sus subordinados políticos y a la oposición.
La leva y el militarismo son elementos de la etapa metafísica, no ayudan al progreso de la nación, por eso son caracterizados semánticamente de manera negativa:
  • Son producto de la guerra civil prolongada.
  • La leva implica, en el XIX, la separación forzada del campesino-indio de su habitat. Y el campo se queda sin peones que trabajen la tierra y produzcan riqueza.
  • Puede ser un promesa de ascenso social para algunos individuos: por méritos militares, pero es un peligro, destruye, no construye; chantajea, no propone.

Los impuestos de guerra muestran la inexistencia del Estado, su debilidad en el mejor de los casos. Los recaudadores son personeros de los bolistas, no es la Hacienda del Estado. Los prestamos forzados son impuestos de guerra destinados a la destrucción social y a la construcción, en caso de triunfo de una facción, del prestigio político y militar de un idividuo.
Considero que en esta novela, como en otras que se reclaman realistas y naturalistas, incluso costumbristas, las fronteras disciplinares entre la historia y literatura están superpuestas. La “verdad” histórica puede rastrearse en el discurso literario. No es un reflejo, pareciera que hay transiciones entre el discurso histórico y el literario.
La consolidación del capitalismo durante el Porfiriato requiere que no haya crítica al poder, sino a sus críticos que lo desestabilizan. El positivismo es parte del debate liberal entre libertad y orden. Los liberales se debaten entre conservar la libertad o instaurar el orden, he ahí el dilema.



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1. El presente ensayo está basado en un capítulo de la tesis: Ríos Rivera, Artemio (2004). El positivismo en el ciclo “Novelas Mexicanas” de Emilio Rabasa Estebanell, tesis de maestría, Universidad Veracruzana, Xalapa.

2. De aquí en adelante, para señalar las citas referidas a esta obra, utilizaremos lb con la paginación respectiva.

3. Sobre este pasaje José López Portillo y Rojas comenta: “No todo es, ciertamente, serio y triste en la novela. Tiene cuadros chispeantes y graciosos, que deleitan el ánimo alegremente, por la exactitud de la descripción y la deslumbrante viveza del colorido. Tal es la celebración de las fiestas patrióticas del 16 de Septiembre en San Martín de la Piedra. Allí aparecen tipos que todos conocemos, y escenas que son fotografías al natural”. (López–Portillo, 1888: 443).

4. Es importante rescatar este enfrentamiento entre el poder civil y el militar, condenado por nuestro narrador, porque justamente dicha oposición es lo que evitaba el avance del país e impedía la evolución al estado positivo, superando el teológico y el metafísico; y es un punto sobre el que insistían los positivistas mexicanos de la época. Al respecto, Leopoldo Zea deja muy clara la posición: “El estado teológico estaba representado en México por la época en que el dominio social, en que la política, estuvo en manos del clero y la milicia. El clero y la milicia representan el estado teológico de la historia positiva de México. Pero a este estado sigue un estado combativo, un estado en el cual se destruye el orden del estado teológico para ser sustituido por el orden positivo. Ésta era, este estado es el metafísico, que en México es identificado con las grandes luchas de los liberales contra los conservadores y que culmina con el triunfo de los primeros sobre los segundos, al triunfar el partido de la Reforma [...] Era menester que los mexicanos supiesen que se había iniciado una nueva era, una era que ya no podía ser la del oscurantismo teológico; un nuevo orden, que no era basado en la voluntad de la divinidad ni en la voluntad del caudillo militar. Tampoco era la del desorden metafísico, época que [aparentemente] se había terminado al ser destruido el antiguo orden. Se trataba de una nueva era, en la cual el orden positivo venía a sustituir al orden teológico y al desorden metafísico” (Zea: 49). Esta tensión no ha sido superada, de acuerdo con la narrativa de Rabasa, no hemos arribado al estado positivo, precisamente por las bolas, por la falta de orden entre los actores sociales y por ende en la sociedad; el enfrentamiento Coderas–Cabezudo es parte del desorden metafísico: cada uno quiere imponer su voluntad, sin demostrar la validez de sus proyectos.  

5. Justo Sierra define a la leva como una enfermedad endémica de México: “El país estaba desquiciado; la guerra civil había, entre grandes charcos de sangre, amontonado escombros y miserias por todas partes; todo había venido por tierra; abajo, para el pueblo rural, se había recrudecido la leva, una de las enfermedades endémicas del trabajo mexicano […], que dispersaba al pueblo de los campos en el ejército, como carne de cañón; en la guerrilla, como elemento de regresión a la vida en la horda salvaje, y en la gavilla, la escuela nómada de todos los vicios antisociales” (Sierra en Villegas, 1972: 76).

6. Más allá de la cuestión estética, Emilio Rabasa, en la segunda década del siglo xx, escribe dos obras de carácter histórico y sociológico (La constitución y la dictadura y La evolución histórica de México), donde justifica la necesidad que México tenía, a fines del xix, de un gobierno fuertemente centralizado, como lo fue el Porfiriato, para poder impulsar el progreso del país.
  
7. O, en todo caso, tienen una tendencia natural al desorden, nos dice el autor implícito desde los niños de la escuela hasta los bolistas, pasando por los debatientes de las noticias encontradas que trae la prensa partidista (y por lo tanto, no objetiva) a San Martín de la Piedra.

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