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sábado, 4 de diciembre de 2010

Abrazo

"Tus manos son mi caricia
mis acordes cotidianos..."
Mario Benedetti

Brazos que son brasas

brasas que no queman

abrazan y abrasan

envolventes caricias que se desplazan de un extremo a otro

desde la festiva fraternidad

hasta el silencioso hervor de una sangre apasionada

que apenas se asoma por la rendija de una sonrisa

de un apretón de manos

de la cortesía de una frase.



Tus brazos son mis abrazos

que me abrazan y abrasan tiernamente

contenidos por el dique del deber

Una columna se inclina sobre mí

tímidamente se acerca y cerca un corazón

que desbocado se anida en mi pecho.



Pecho a pecho se estrujan mil latidos

ante las indiferentes e inquisidoras miradas

de fraternos ojos.



Siento la redondez de un rostro

que discreto descansa fugazmente en mi oído.



¿Cómo sentir tu radiación, sin que el amor estalle entre mis manos?

frágilmente estrujo las mariposas que saludan con caricias involuntarias

respetuoso, pero explícito transmito lo que siento:

puedo decir que te amo, como se festeja a la vida.

Mi palabra se calla por no ser aprensiva

sin embargo la luz insiste:

es a brazo partido y abrazo compartido.

Lo sé, no me lo digas

sé que no soy el convocado

que tus solidarias manos son asidero de náufragos y ahítos

no soy a quien convocas

no es a mí al que llamas

aunque soy al que incendias

incineras acaso con sólo una palabra

Eso eres tú: pequeña hoguera de generoso humor

frágil hogar al que todos corremos, simulando no hacerlo,

presurosos corremos a rondar en tus rayos.

martes, 2 de noviembre de 2010

POEMAS INCONCLUSOS

Poemas Inconclusos




Húmedas lenguas


                     que paladean tu dermis


Palabras lluvia


                   Ciclones


                                 y torrentes






Savia de plantas y raíces


Osmosis que inicia en mi vacío


                                              y penetra otros plasmas






Se van filtrando, palabras, en medio de las rocas


Minando un sólido que se desvanece y vuela por los aires


Humedece los diques la palabra


                                              inunda resistencias






                                          Te entregas y construyes


              ¬-con mis mensajes-


Otro nuevo poema que rueda calle arriba






Palabra líquida


Imperceptiblemente taladras el concreto


Agua sonora


Acuáticos poemas


No son en sí


Los van haciendo


Construyendo en oídos


en bocas y simientes


           No hay desenlace


                        Solamente un reguero


                                   de letras inconclusas...

miércoles, 13 de octubre de 2010

Capacidades diferentes

Capacidades diferentes


Para Yadira

Ortodoxia en añicos

Madura inteligencia
              capacidad diferenciada

Ágil jinete

              de mariposas manos

plena y feliz

              tu hábil diferencia



Infantil la mirada

             que se posa en mis ojos

tu garganta articula

            difíciles palabras



Múltiple mujer de ilimitadas limitaciones

Tu mirada taladra mi figura

Se posa en la superficie

                         quema

                                    penetra

conoce mis entrañas sin buscarlas

traspasa

           va más allá

                          me deja sin sonido

              sin valor

relativamente vivo

                      torpemente normal

Subes

remontas obviedades



No hay vació en tu mirada

Brilla

Absorbe luz

Alumbra los perfiles

 -Atmósferas palabras-

Pasas encima de todos y  de todo

Franca tu risa

                   Desprejuiciada



Saltan alegres tus ojos en respuestas

Todo sorprende tu tacto sorprendido

                 Tu piel

                             Tu oído

                                    El vuelo de tu pelo

Atenta a un punto

Corres como una niña

Un mundo rueda al toque de tu mano

Tu aliento empuja la troje

Molienda de la vida



No sé qué más decir

Me basta con mirarte

                     Para desvanecerme como un dulce en tu boca

    Volátil algodón de amarga azúcar



Tus pestañas inmensas abanican mi alma

                                 dan aire a la palabra

Mi pluma busca, sin tocar tus contornos,

Insiste en dibujarte
                    torpemente mi mano diluye tus fronteras

Escapas del alcance


Tus pasos mienten un frágil equilibrio

Y sonríes cristalina

Carcajadas ajenas

Me miras

Indiferente

Lejana
          a mi  desierta urgencia

domingo, 10 de octubre de 2010

Amamos

Para acumular: Amamos

acaparar

someter

y avasallar

para eso nos damos.



Para reclamar: Amamos

dominar

acometer

y desarmar

para eso nos damos.



Demasiado pequeños

para el amor

mezquinos,

pero a veces

sólo a veces

pocas veces

crecemos hasta la generosidad

la gratuita entrega.



Los necios reniegan de la lluvia

aunque sea ligera

tormentosa

o pasajera



Llueve

tiempo de lanzar semillas

germinar

fecundar a las hadas en el bosque.



Es el momento de salir

chapotear

bañarse en lágrimas

jugar

derramarse en los demás.


La tormenta anticipa:

la comunión

la calma

la claridad

el sol.

viernes, 8 de octubre de 2010

Cantando cumbia

Cantando cumbia


Roberto aparenta 16 años, en realidad ni él mismo sabe su edad. Su pelo es chino, ensortijado, parece costeño, pero su piel es más clara que la de los jóvenes asoleados en las playas. Delgado, de estatura media, usa pantalón de mezclilla ligeramente corto, de brincacharcos. Sus pies, sin calcetines, se mal ajustan unos zapatos negros sin brillo. Su dentadura está completa y pareja, su ancha sonrisa la luce totalmente blanca. La ropa que porta es muy usada. Sus amigos, por lo flaco, le dicen El Charal.

Roberto prácticamente vive en el mercado. Un tianguis enorme de puestos de comida. Hay un ancho pasillo central franqueado por otros dos de menor importancia, la cuadrícula se completa por seis pasadizos que cruzan horizontalmente los tres primero ejes, como un laberinto en el que El Charal se mueve como pez en el agua. En el centro hay un pequeño camellón con árboles pelones y un poco de pasto. Aunque se expende “comida corrida” y desayunos en general, hay secciones del mercado especializadas en cierto tipo de guisos. A un lado del camellón central están los puestos de jugos, licuados y aguas frescas. Entrando, del lado derecho, están los restaurantes de caldo de gallina, en el extremo opuesto expenden pancita y chileatole de pata. A media nave tres o cuatro puestos sirven birria de chivo, como debe ser. Al fondo están las tortillerías y los puestos desde donde salen los carritos y las canastas a vender tacos de guisado, tamales, atole o café con pan.

Las meseras se disputan la clientela, por el bien del negocio donde trabajan y las potenciales propinas: – Pásele güerita, pásele, aquí hay lugar. –Qué le voy a servir, siéntese. Sonríen, seducen a los transeúntes, se muestran amables y solícitas.

Por las mañanas el mercado se llena de olores que impactan el paladar, huele a comida recién horneada. Las cacerolas de sopa, frijoles o mole están hirviendo sobre las barras de los puestos. Las cazuelas están recién retiradas de las hornillas donde en ese momento se sazona un bistec con cebollas o unos huevos en salsa verde.

En la noche el olor se vuelve un poco rancio, el vapor sube por las coladeras, los gases llenan el ambiente de aromas desagradables, son los hedores que acompañan el sueño de Roberto, su diaria pesadilla. Ante la ausencia de seres humanos, las ratas hacen sus rondines y comen desperdicios. Los puestos de mariscos que en el día se antoja verlos y olerlos, por la noche se vuelven poco respirables, ni siquiera el consuelo de que huelen a sexo sucio de mujer los hacen soportables.

Es temprano, el día está soleado. Roberto trae un güiro de plástico en la mano izquierda, en la otra un peine negro. El instrumento de percusión semeja un tiburón, lo raspa rítmicamente con el peine, canta con voz al cuello “La rajita de canela”. Se ríe, mirando con intención a la mesera que recoge unos platos, piensa en el doble sentido que puede dársele a la letra de la canción. –Yo quiero que me des tu rajita de canela, le sopla de frente a la mesera. La mujer no puede contener la carcajada, pero se apena y trata de cubrirse con el trapo de limpiar.

Roberto termina de cantar y pasa el güiro entre los parroquianos. –Lo que guste cooperar, repite una y otra vez. Algunas monedas caen en las fauces del tiburón de plástico.

Esta acción se repite en cada pasillo del mercado durante un par de horas. En cada esquina que canta, Roberto no puede dejar de imaginar la “rajita de canela” de la mesera a la que coquetea recurrentemente, día a día es como un impulso para iniciar su peregrinaje en el mercado. Aunque ahora interpreta “Cabaretera” o algún bolero, su sonrisa se conecta al recuerdo de una sexualidad que desconoce.

Roberto deja de tocar, junta sus monedas, le alcanzaría hasta para pagar un hotel de paso. Se sienta en la fonda frente a la que cantó al principio del día. Hay un acuerdo tácito con la mesera: hoy es el día. Deambula por los pasillos, compra una naranjada de un cuarto de litro en envase tetra pack. Si no sale con la chava necesitará el recipiente. Compra también un sobre de chocomilk y un limón.

Regresa al primer pasillo y observa a la mesera, sabe que saldrá de trabajar hasta las ocho de la noche, aunque él no tiene nada que hacer ignora si podrá esperarla. Parece más sencillo vaciar en el envase el chocomilk y el limón, para matar el olor del solvente y evitar que la gente se fije en él, incorporar a la mezcla el frasco de resistol 5 000 y ponerse a inhalar. Boquear como un charal fuera del agua botado en un rincón oscuro donde pasará la noche, para que mañana se vuelva a imaginar la rajita de canela.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Mujer que llora

Esa mujer llora en mis manos
cuando hacemos el amor
en llanto estalla
grita
      ríe
         exige paz
se pide más

Invade con su savia
de lúbricos fluídos
se cuela entre mis dedos
suda
      llueve
             fluye
exige paz
me pide más

Y cuando llega
cuando me voy
cuando la beso
cuando me doy
cuando le escribo
y cuando no
   mira el vacio
           toca mi ausencia
                  llora en mis manos
muestra paciencia...

miércoles, 1 de septiembre de 2010

POLIGAMIA

Poligamia



Dos

eran dos

un simple par dialéctico

laxitud y dolor

instantáneo y eterno


Dos eran dos

pero eran mucho más

eran el Universo


A las musas del barrio

de mi barrio siniestro

de mi pequeño barrio

guetto de soledad

amargo

dulce

yermo


Para esas dos mujeres

que no acogió mi pecho

por temor

por dolor

por ese pinche credo

por el remordimiento

por el amor eterno


Por qué no amar así

por qué no amar

sentirnos este día

en este desconcierto


Por qué no amar, por qué

en la primera esquina

en esta misma calle

ahí, en el mercado

la plaza, cualquier parque

allá o cualquier lado


Por qué no amar así

por qué no amar, por qué


En todos los recintos

rompamos soledades

en la escuela

en el templo

    hogar

       palacio

          metro

              prostíbulo

                  autobús

                     oficina

o desierto


Si podemos odiarnos

-y claro que podemos-

eso ni duda cabe

si todo lo podemos

defecarnos podemos

                         golpearnos

                              mordernos

                                 agredirnos

                                      rompernos


Matarnos al instante

es todo lo que hacemos


Por qué no amar entonces

aunque haya dualidad

aunque seamos tres

aunque seamos diez

por qué no amar, por qué


Sus rostros se confunden

sus cuerpos se unifican

su origen es el mismo

al amar vivifican


del mismo árbol

               dos

misma simiente

               dos

misma locura

               dos

la misma fiebre

         dos

              dos

                    dos


Por qué no alzar los pechos

desgarrando los vientres

perdiéndose en el tiempo

para decir qué siento

para armar utopías

deshacer fantasías

y unirnos sin silencio

con ruido

con colores

con verbo

con sudores


Con manos que se buscan

con cuerpos que se tocan

que no callen las bocas


y gritemos los tres

-o todos de una vez-

por qué no amar, por qué

con amor primitivo

sano, animalesco


Sin besos escondidos

con ojos

manos

sexo


Que se haga el amor

como es el pensamiento

Preciso,

     Precioso,

          Indómito,

                   Insurrecto

sábado, 12 de junio de 2010

ESPACIOS EXCLUYENTES

Espacios excluyentes

Artemio Ríos Rivera


En la radio se escuchaba a los Beatles; el cuarteto de Liverpool tenía su oponente musical en el consorcio norteamericano, creado en el mismísimo estilo de los músicos ingleses, Credence Clearwater Revival. A mis doce años el pelo largo era un problema de disciplina para la escuela primaria donde acudía a estudiar: me cortaba el pelo o no entraba a clases. El pelo seguía creciendo. Un año después, un poco por error, el pelo largo me llevó al festival de Rock y Ruedas de Avándaro, Valle de Bravo.

Los recados a mi madre, desde la escuela, eran constantes, pero las llamadas de atención no eran entregadas o ella no tenía tiempo para acudir a la escuela a resolver problemas de disciplina infantil; trabajaba como mesera en un restaurante en el mercado de la Merced en el centro de la ciudad de México.

La institución tenía que ceder y conservar, al mismo tiempo, el principio de autoridad, no me prohibían la entrada a la escuela, pero sí a mi salón de clases; la biblioteca se convirtió en mi celda de castigo, en realidad era un paraíso con un ser alado, joven y bella, que me atendía de manera particular, me daba revistas, libros, ayudaba en mis tareas y se hacía de la vista gorda, cuando me acercaba a jugar al enorme piano que oficiaba desde el centro del recinto bibliotecario, reliquia que nadie debía tocar.

El pelo rebasaba el tamaño que yo mismo y mi madre podíamos soportar, el matojo era podado y yo regresaba, con el espíritu lleno de energía, al salón de clases. La melena volvía a crecer más allá de los límites impuestos por la disciplina escolar y retornaba feliz a la biblioteca. Revistas de la Academia de Ciencias de la entonces Unión Soviética, Asterix franceses, Bilíquenes de no recuerdo dónde, pasaban por mis manos después de terminar la carga de actividades que mi maestra mandaba que hiciera en mi celda de castigo. No recuerdo haber leído algún libro; consultaba las enciclopedias; leía algunos cuentos, tal vez ciertos párrafos de cualquier libro de manera desordenada, como siempre.

Era hermoso tener ese mundo para uno solo, un verdadero paraíso con un místico silencio, que semejaba un templo donde los elementos sagrados que poblaban el lugar parecían moverse, y moverme, en otra dimensión. El bullicio masivo del patio escolar, contrastaba con ese silencio amotinado, de callados fantasmas, que sediciosamente intentaban asaltarme de manera agradable.

La escuela Domingo Faustino Sarmiento compartía una alberca con la John F. Kennedy (en Fray Servando Teresa de Mier, en la ciudad de México), donde una atractiva sirena nos enseñaba a nadar, una inquietante mujer de verdad, en traje de baño, con senos y glúteos que nada tenían que ver con la niñez de nuestras condiscípulas o la lejanía de las estrellas de la televisión; el deseo se sublimaba y los manuales o reglamentos de deportes acuáticos también llamaban poderosamente mi atención en los estantes bibliotecarios de la escuela.

Intuitivamente aprendí a conocer una biblioteca: cómo se organizaba su acervo, qué era una bibliotecaria, cómo se trabaja en ese espacio; me sentía familiarizado con ese lugar que en la dialéctica de su magia mezclaba el placer y la reverencia, el castigo y la buena fortuna, la obligación y el desparpajo de la soledad contemplativa, la concentración y el vuelo de púberes ardores que jugaban con la divina trinidad de la maestra de mi salón de clases, la bibliotecaria y la instructora de educación física que con infinita ternura nos enseñaba a nadar en las aguas compartidas, con ese cuerpo de mujer que por primera vez descubríamos y palpábamos accidentalmente.

El trauma vino un par de años después, al consultar en la Biblioteca Nacional (un edificio colonial que entonces se encontraba a un costado del Zócalo capitalino). Era una amplia construcción donde acudíamos verdaderas masas de adolescentes insurrectos. Ni siquiera éramos controlados por el autoritarismo de viejas bibliotecarias avinagradas, que no podían dar un servicio ordenado a esa bola de jóvenes semianalfabetos quienes no sabían qué buscaban ni cómo encontrarlo, que no conocían un fichero ni su organización. Parecía una romería, niños escandalosos tratando de mal hacer una tarea incomprensible y familiarizarse con los libros. No entiendo como las bibliotecas se pueden convertir en espacios excluyentes de sí mismos, es decir una no explica a las demás, pueden ser de pronto tan aparentemente antitéticas. En fin, el espacio público bibliotecario es una experiencia inagotable de la cual cada quien tiene su propia historia, la posibilidad de empezar a construirla y eventualmente contarla.

Video del Ejido San José

Evidencia a mitad del proceso...