Seguidores

lunes, 15 de febrero de 2021

Susana

 Susana 

 Artemio Ríos Rivera



La ubicación es extraordinaria, les dijo Susana a sus amigas. Estamos en el final de la calle y por el lado Este hay un pequeño acantilado al que da la cochera de la casa, el ventanal.

Bueno, inicialmente era garaje, aunque ahora lo ocupamos de terraza. El espacio es amplio al que se accede desde la calle por un portón eléctrico. Arturo le mandó hacer una reja corrediza de herrería negra que contrasta con el blanco de la puerta automática. El contraste es lindo, pero yo creo que parece cárcel nuestra vivienda. No me convence el argumento de la seguridad. Claro hay que tomar las precauciones debidas, dice él.

 

El área da para dos coches grandes y sobra espacio. Discutimos sobre el uso, para eso el arquitecto lo diseñó de esa manera: como una superficie de servicio no de convivencia, en fin. Cambiamos la concepción y el uso, aunque mi marido siempre trata de darme por mi lado, cedí.

 

En realidad, nunca se metió ni un carro al lugar, ni siquiera una moto o bicicleta. El otro acceso a la vivienda es amplio, directo al patio y esa entrada da servicio para todo. El cambio me molestó, ahora creo que él tenía razón o ¿no?, bueno ya ni modo.

 

Entrando, del lado derecho está la bomba del agua, un adefesio. Una belleza de tres cuartos de caballo de fuerza, dice él. No es cierto, pero como siempre está atento a mis deseos decidió resolver el problema estético. Yo le había suplicado que quitara ese esperpento, aunque fuera muy necesario para la casa.

 

Por eso se lo ocurrió hacer un mueble de madera empotrado a la pared, segura estoy de que no digo un pleonasmo o ¿sí?, bueno no importa. ¡Háganme el favor!, meter madera donde todo es metal, cristal y mampostería, me pareció de mal gusto. ¡Hay no!, que horrible.

Bueno sí muy funcional, eso dijo. Entonces tenemos una especie de librero con algunas puertas para que no se viera la bomba de agua. ¡Uf!, yo le había dicho que ese aparto se veía muy feo y desentonaba con la reproducción de "La Ternura" que yo quería poner ahí, en la pared grande, donde no había puertas o ventanas.

 

Bueno, él me cumple mis caprichos o eso creía. En realidad, ya no entiendo, pero creo que hay algo de validez en sus argumentos, en lo que hace con la casa, aunque sigue sin gustarme nada. Finalmente creo que la casa es bonita, funcional y moderna, yo no la veía así, pero, seguramente lo es. 

 

Pues sí, como les decía, ahí tienen el “librero”, con cajoneras al centro. Pero, yo pensaba que al centro tenía que ir el cuadro. No, lo que hay son cinco entrepaños horizontales de 40 centímetros de altura. Las puertas al doble de altura en la parte de abajo, donde está la bomba ¿verde, les dije?, mal gusto. Sí, la planta baja de la casa es muy alta. Sobra espacio arriba del librero, ya me imagino una caja de herramientas ahí, por favor.

 

Bueno, le dije, ahora tendríamos que conseguir otro Guayasamín, original no, claro, o algo así. Un grabado de algún pintor moderno, porque el cuadro iba a quedar a un lado de la cajonera central en una especie de nicho de madera que le serviría de marco. Así, no más, sin simetría ni perspectiva. No pues Arturo será muy especialista de la lengua, muy lector, muy didáctico, pero no siente a profundidad el arte. Sigue siendo un macuarro, herencia de su padre, claro.

 

Como él sabe que no sabe, siempre me da la razón. Y resolvió el problema, bueno no sé si eso sea resolver. Sus “soluciones” siempre son el comienzo de otro problema. Yo estaba dispuesta a todo, menos ver mi cuadro fuera de contexto, disminuido por el mal gusto y la falta de perspectiva museográfica.

 

Mirado de frente en el costado derecho del librero decidió colocar un gallito, un pinche gallito que le trajeron de Potosí, de San Luis. Un gallito de lata, mal cortado, pintado de rojo, verde y dorado, ¿se imaginan? Por eso no quise reunirme con ustedes en la casa.



 

Sí, perdón, del otro lado nada menos que colocó la urna funeraria de su madre, con veladora, cruz y florecitas. Se dan cuenta, cómo voy a hacer vida social en un espacio presidido por mi suegra y el pinche gallito que le regalo, en la infancia, a su primogénito. 

viernes, 5 de febrero de 2021

 Pancho





Artemio Ríos Rivera


Pancho era el octavo de 11 hermanos, su lugar de aparición estaba entre las únicas dos mujeres de toda la prole: Eva y Laura. A sus 12 años ya sabía que, a pesar de su pobreza, el color de su piel lo distinguía, que sus apellidos hablaban de sus raíces hispanas, que nada tenían que ver con la indiada de sus amigos y sus apelativos nahuatlacas o mexicanos. 

 

Pancho era un paria, pero con alcurnia. Él lo sabía y eso era suficiente, además la gente de bien lo prefería a él, que a los niños cobrizos, para encargarle los mandados, para pedirle favores.

 

La mitad del siglo XX lo encontró cargando canastas en el mercado de La Merced, en la parte india de la gran ciudad de México. Como cargador juntaba dinero para ver los estrenos cinematográficos de, Los olvidados de Buñuel y Río grande de John Ford. Ir al cine era un lujo, su más caro anhelo. Muchas veces tenía que rogar para entrar a la sala o colarse, ante las dificultades de su edad y la clasificación de las películas. A pesar de su madurez emocional y de hacerse cargo de sí mismo, seguía siendo un niño.

 

Su madre y sus hermanos estaban regados entre la ciudad de México y el puerto de Veracruz, con actividades diversas y diferentes apellidos paternos, pero, afortunadamente la mayoría eran blancos, algunos con el pelo o los ojos claros como él. Esa era su riqueza y distinción, le había dicho alguna vez su madre.

 

Su familia se diseminaba entre Puebla, Tlaxcala, Córdoba, Orizaba, Veracruz; las ciudades marcaban casi la ruta de Cortés, decía su madre, la ruta del conquistador, de las raíces de Pancho. El discurso de su madre era contundente: Nada de irse a vivir al campo, hay que establecerse en las ciudades, hay que ser dignos, orgullosos de nuestra raza, no denigrarnos con las conductas de los indianos, esos ridículos, sucios que ni siquiera saben que uno debe cagar en wáter y asearse en el bidet. 

 

Pancho en realidad tomaba con naturalidad su condición, aunque no supiera quién había sido su padre le bastaba con tener sus dos apellidos: Astorga y Martínez. Sus patronímicos le parecían fuertes, sonoros, elegantes. Además, creía las historias de su madre: somos de la descendencia de Martín Cortés, el hijo del conquistador, por eso somos Martínez, les decía a todos sus hijos. A él le repetía: Astorga, de la nobleza de León, del norte de España. Pancho no sabía geografía ni historia, sabía leer y escribir, pero no había ido a la escuela. Por su madre y los primeros apellidos de sus hermanos sabía la heráldica de los Ávila, Huesca, Grijalva o Pizarro. Lo único que le quedaba claro era que no debía ser pazguato o grotesco. Pobre, pero digno, de ser posible elegante.

 

Hoy la fortuna juntaba a los hermanos. Víctor se casaba en Tlaxcala. El tercero de los hermanos había tenido la fortuna de aprender un oficio en la calle de Plateros. Al poco tiempo de trabajar en el taller de joyería se lo llevó un empleador al estado vecino. Víctor fue obediente, sumiso, pero con criterio. Como provenía de buena familia, aunque venida a menos, ahora se casaba con la hija de su benefactor quien además era dueño de la hacienda de La Trinidad.

 

Por diferentes medios habían sido convocados los hermanos y ahí estaban, en la víspera de la boda, con sus mejores ropas, relavadas, un poco raídas pero limpias, muy limpias y perfumadas con aguas de hierbas.

 

El día había sido de comilona y pláticas, los mayores y los ricos tenían la palabra, los demás escuchaban, asentían y se carcajeaban de los chistes, se asombraban de las épicas historias de los próceres de las familias, de los adelantados de la conquista .

 

Su madre había dicho una vez que, después de los pecados capitales, Dios, para compensar a los hombres había creado al cerdo. El puerco, decía, es el más delicioso manjar. La víspera había estado servida por abundantes guisos de cerdo. Pancho había disfrutado la comida, se había excedido, era fiesta y el siempre tenía hambre. Había comido cueritos, criadillas, chistorra y, sobre todo moronga.

 

Alrededor de una gran fogata en el patio central, los adultos contaban las leyendas de la región: La Llorona, el callejón del muerto, la Mulata de Córdoba… naguales y diablos desfilaron en la febril imaginación de Pancho.

 

A la hora de dormir, no quiso descansar en el granero. Prefirió irse a la azotea de 

la casona que estaba frente a la catedral de la ciudad. Le dieron lugar en un cuarto de trebejos con ventana al parque central, justo sobre el balcón de la recámara del viejo y reputado hacendado.

 

La comida hizo sus efectos, los retortijones en el estomago eran ruidosos y con dolor, los gases eran insoportables. Pancho estuvo pensando en ir al baño, pero no había tal en la azotea, tendría que bajar a la zona de la servidumbre, en el patio cercano a las caballerizas, cruzar de polo a polo la propiedad. Estaba lejos, oscuro y la noche estaba llena de murmullos extraños para él. 

 

Otra tensión era el miedo, las historias de terror no lo dejaban salir de aquel cuartucho. Por fin la urgencia, la candidez y la inconciencia lo llevaron a asomar el culo por la ventana, no sabía si estaba cagando o meando, pero un abundante líquido negro escurría por su ano. Descansó, durmió como un bendito. 

 

Por la mañana lo despertó el escandalo de la calle y el mal olor, se asomó a la ventana y se veía el negro escurridero desde la azotea hasta la banqueta del primer cuadro de la ciudad. Se quería morir, lo invadió la más profunda vergüenza al ver los dedos de los transeúntes que, a carcajadas y con repudio, lo señalaban directamente a él. Para Pancho se había acabado la nueva familia y la fiesta.




Imágenes tomadas de

https://blog.tacoguru.com/la-moronga-del-cerdo-para-el-mundo/

https://cookpad.com/eeuu/recetas/6874941-morcilla-de-cerdo-doradas

https://www.elespanol.com/cocinillas/recetas/20111108/revuelto-morcilla-picatostes/1000080041999_30.html

  

lunes, 1 de febrero de 2021

Chinchucarcas



Chinchucarcas

Artemio Ríos Rivera

Categoría sociológica proveniente de los vocablos latinos chinchulín y chicarcas.

Se trata de grupos de individuos jóvenes de ambos sexos, ya sean por nacimiento o producto de cirugías plásticas. A estos híbridos se les ve andar en grupos de tres, por aquello de las, los y les, además les encantan los tríos y los triángulos obtusángulos. Aunque provienen de las ricas zonas residenciales, se les localiza en los barrios céntricos de metrópolis populosas del tercer mundo como la Ciudad de México, Buenos Aires o Río de Janeiro.

Son personajes embutidos en vestimentas de telas plastificadas, tratan de aparentar gran altura y parecen intestinos gruesos parados, tripas de leche, chinchulines. Algunos se hacen acompañar de sus mascotas con la misma vestimenta que ellos, sus escoltas simulan intestinos delgados reptantes. Algunos chinchucarcas gustan llevar encadenado un trofeo de guerra: el chinchurreo, generalmente reclutado en los barrios marginales de la ciudad, también llamado tripón por tener un abdomen voluminoso. En sus barriadas les dicen lombricientos. 

Estos chunchullos, chinchurrias o chunchules distingen a uno de sus integrantes con espinas de nopal o chumbera insertados en la barbilla y las cejas, además de amputarle uno o dos dientes frontales como un verdadero padrino de barriada, como padrote de mala muerte o neopachuco. El distinguido por el grupo es el chicarcas del colectivo. De ahí la denominación grupal que acuñó el antropólogo Ricardo Posos Ahorcaditas, Chinchucarcas.

lunes, 25 de enero de 2021

El Picinic




 El Picinic

Artemio Ríos Rivera


Como en los viejos cines de piojito, en las nuevas salas cinematográficas se puede hacer de todo. No son propiamente cines sino salas de realidad virtual en el campo, al aire libre, en “contacto con la naturaleza". Los Picinics son tan grandes como los viejos autocinemas, con todo tipo de aparatos de audio, video, luces y proyección para una audiencia casi familiar. 

 

El Picinic es una aportación del tercer mundo, inició sus actividades en Haití y se ha extendido por toda la aldea global.  


Según las etimologías anglofrancocreoles, picinic es una contracción de los vocablos piso y notación de medida pi; en el caso de cinc, según el diccionario, se trata de un material compuesto de cemento y amianto que se emplea en la fabricación de placas onduladas para cubiertas de construcciones, en este caso para pequeñas separaciones; y cinema, como un establecimiento dedicado a la proyección de imágenes y sonido. La acepción de piso implica algo nivelado (es decir, todos al mismo nivel). Hay quienes dicen que cinic es una contracción de cínico, pero no, significa carcajada en criollo.

El picinic inició como una variante de los ritos de vudú. Los jóvenes y las familias buscaban diversión sin religión, esto dio origen a espacios para acampar donde las familias veían películas antiguas en viejas televisiones y videograbadoras descontinuadas, recicladas, recogidas de la basura tecnológica. No sólo veían, sino que acompañaban las proyecciones con bailes, danzas, juegos o sus propias escenas de amor, un espectáculo interactivo. La ingesta de ciertos brebajes desinhibía a la concurrencia que se desfogaba en especies de rituales fetichistas, verdaderos performances unívocos. 

 

Con el tiempo y las opiniones de los ecologistas sobre el uso del reciclaje, se fueron poniendo sábanas de pantalla, proyectando videos y sombras chinescas en un espacio de 3.1416 metros cuadrados por familia, pareja, individuo o tribu. 

Para tener un lugar en el campamento sólo había que pagar el derecho de piso, para nivelarse con los demás concurrentes. Para que no fuera un espacio o espectáculo clasista, algo políticamente incorrecto en nuestros días.

 

Actualmente no se necesitan paredes para conservar la privacidad o convertirse en el espectáculo de los vecinos, los audífonos y las gafas 3D de visión panorámica aumentada, hacen que cada espectador este concentrado en su propia diversión sin darse cuenta de lo que sucede en el apartado vecino. Además, con la legalización de las drogas “blandas” cada quien se clava en su propio imaginario. De todos modos, entre pisos, hay un absoluto respeto, cuando alguien se desconecta para comer, beber, tener sexo o hacer otras actividades que requieren de su salida de la realidad virtual y ritual, sirven de espectáculo a sus vecinos quienes sólo tienen derecho a mirar en silencio. La extimidad en su más plena expresión.


Uno de los más famosos picinics es el denominado Gomosodorra, sobre los Campos Elíseos, al que los críticos de arte han denominado “La capital mundial del exexo”.

 

 















Imágenes tomadas de:

1943 https://www.sopitas.com/noticias/lsd-la-droga-que-cambio-al-rock/

El Hype facebook     

https://www.facebook.com/elhypemag/photos/pcb.1275117452643956/1275115949310773/

Extasis 01 https://www.fantasticmag.es/extasis-entrevista/

lunes, 18 de enero de 2021

Lulucita

 Lulucita

 Artemio Ríos Rivera



Esta vez, Lulucita se había negado a celebrar su cumpleaños. De su onomástico siempre decía que era una fiesta nacional en su honor. Un 2 de noviembre, el día de mayor celebración a los muertos, Lulucita había llegado al mundo.

 

Lulucita no cortaba pasteles sino panes de muerto adornados con las tradicionales veladoras. No hacían comida sino ofrenda, una especie de bufet adornado con flores de cempasuchil y papel picado con calaberas y catrinas.

 

Está vez cerraba su tercera década de vida. El año pasado, en una fiesta digamos normal, sus amigas la habían animado para que la próxima celebración fuera de antología, un órdago inolvidable. Sin embargo, la sana distancia, el quédate en casa y el reciente toque de queda en la ciudad, decidieron a Lulucita de suspender la celebración.

 

Hacía ya una semana que había mandado correos electrónicos, mensajes y posteos avisando de la cancelación. Las protestas de sus amigas y familiares eran unánimes. Argumentaban que, como ella vivía en una casa de campo no habría problemas con reunirse al aire libre y ponerse a tono libres de contagios. Sin aglomeraciones, con suficiente distancia entre los cuerpos. 

 

En la vispera recibió mensajes de un remitente desconocido con la leyenda “Cuidado con lo que haces”. Con qué de lo que hago, pensó. Mmmm… cuidado con…, no, eso no. Será con lo otro o con… ¿con qué debo tener cuidado?, pensó.

 

En los alrededores de su casa de campo, situada en una parte campesina, pobre, no hacia los fraccionamientos residenciales campestres, la gente iba a perder a los animales que ya no quería o no podía mantener. El camino estaba lleno de perros callejeros, algunos gatos y la fauna propia del campo. Así, Lulucita, sin ser animalista, ecologista o cualquiera de esas etiquetas a la moda que ella ignoraba olímpicamente, se había hecho de tres perros vagabundos: Pinta, Canela y Blaqui. 

 

Con los animales pasaba igual que con las personas, pensaba Lulucita, la gente quiere y prefiere a los machos. A las hembras las desprecian porque se embarazan y los llenan de animales, porque se ponen en celo y atraen manadas de machos, porque dan espectáculos deprimentes a los niños. 

 




Por eso eran, casi siempre, perras las que la gente perdía en el camino rural. Pinche gente, pudiendo esterilizar o practicarles abortos a las perras, prefieren perderlas, abandonarlas condenandolas al frío, el hambre y otras linduras. Lo bueno es que, a veces, estas hembras ganaban en libertad.

 

Al paso de los años Lulucita se había encariñado con sus canes y los presumía, sutilmente, en las redes sociales. No hablaba de ellos, ni de sus gracias, simplemente en las fotos que posteba invariablemte estaban merodenado los animales. Como una parte natural e impresindible del paisaje. Sus animales eran bravos, pelioneros, el instinto de superviviencia los había llevado en esa ruta.

 

El día del cumpleaños Lulucita se despertó en la madrugada por el ruido de las mañanitas fuera de su ventana, que lindo, serenata, pensó, ¿quién será?. Era obvio que la música provenía de un gangoso aparato electrico, no era música en vivo o algo así. Sin embargo, le siguió pareciendo un hermoso detalle. 

 

Aunque era cerrada la oscuridad de la madrugada abrío las cortinas, no distigió nada en el boscoso espacio que le servía de patio. Abrío la ventana y observó un foquito rojo que tintilaba, seguramente el reproductor de la música que se repetía. De pronto empezó a distinguir tres siluetas larededor del magnetofón, paradas, casí inmóviles. Las siluetas se movían un poco, se balanceaban al ritmo de viento. Parecían espantapájaros. Eran sus tres perros empalados.

lunes, 11 de enero de 2021

Pepe

 Pepe

Artemio Ríos Rivera

 

Tenía la ropa sobre la cama. Había sacado su top amarillo estampado con margaritas rosas, no es que fuera gay, era una cábala, para que los días fueran tranquilos.

Ahí, sobre el colchón, el resto de la ropa, algodón y mezclilla decolorada, impecablemente limpia, pero sin planchar, no es que fuera descuidado o fodongo, como le decía Petrita. No había razones ecológicas, le parecía que así no llamaba la atención. Le gustaba observar, pasar desapercibido, era un hombre de acción sorda y contundente.


La chamarra cazadora, de gabardina, siempre era una talla más grande a su medida. Azul o caqui los colores más comunes y anodinos. A pesar de la holgura, la chamarra siempre se veía natural, como de albañil que había heredado de un muerto más grande que él, pero sin que fuera una prenda guanga o de mal gusto. La Pietro Beretta de 16 tiros siempre le apuntaba al centro de las nalgas, hacia el hilo dental. La pistola no se notaba con el tipo de vestidura que portaba, la caída de las prendas era natural. Nada se veía fuera de lo común.


Por lo común se posicionaba débilmente, le gustaba repetirse esa frase que su maestro de la secundaria le había dicho para referirse, de manera elegante, a su timidez, a su opaca presencia en los espacios escolares.

Casi siempre usaba una gorra de beisbolista y tenis Converse de bota, de jugador de básquetbol. No es que fuera deportista o gustara de esos espectáculos. Unos tenis así ayudaban a correr y le fortalecían los tendones de los pies, evitando torceduras.


Sus compañeros de profesión usaban sombreros de fieltro, chamarras de cuero y botas vaqueras o tribales, de piel de cocodrilo o de pitón. Querían ser ostentosos y rayaban en lo estrafalario y ridículo. Por eso prefería actuar sólo o acompañado por un chamaco nuevo, ya fuera un halcón o el encargado de una tiendita. 

 

Sus caprichos eran íntimos, como usar una tanga femenina debajo de los bóxers. Eso lo excitaba y le traía buena suerte, se decía. No socializaba ni contaba sus cosas a nadie, solo se decía.

 

Su celular era desechable, no requería más. Las razones de seguridad se amoldaban a su gusto por la sobriedad. 



Sí, le preocupaban sus fetiches íntimos, por eso se cuidaba. Por eso le había mostrado sutilmente esos secretos a Petrita, quien en guardar intimidades era una roca. Lo había hecho no por debilidad, sino para un caso extremo, sí desaparecía y lo encontraban en alguna fosa clandestina, que sólo su abuela lo pudiera identificar por esas prendas.

Por eso se cuidaba con mucho rigor, para no ser herido, levantado o asesinado por los otros grupos, la policía o el ejercito. Para que no conocieran sus prendas íntimas en algún enfrentamiento, él no era un marica. Tampoco sentía necesidad de ostentarse como macho. Simplemente hacía su trabajo.


Cuando dejó de asistir a la escuela, no fue por razones económicas o por problemas personales, solamente empezó a tomar decisiones, no le interesaba ir a la escuela. No le interesaba algo en particular, sólo deambular solo, en bajo perfil.

 

Mimético, se camuflaba con el paisaje, con las situaciones. Caminaba, entraba y salía de manera invisible en antros, barrios, laboratorios y estaciones policiacas.

Su cara ligeramente alargada, nariz de bola, estatura 1.60 y 70 kilos de peso, correoso, menudo, lo hacían casi invisible. Un hombre más del montón, así parecía y así le gustaba verse. Su piel morena-clara no le daba algún toque particular, si fuera negro o blanco pensaba…

 

Como un trabajador cualquiera: obrero de la zona industrial o empleado de centro comercial así murmuraba cuando se veía en el espejo del cielo de su cama. Tampoco gustaba de cadenas de oro gruesas, cristos o medallas; traía colgado en el cuello un escapulario siempre visible.

lunes, 4 de enero de 2021

Madera

 

Madera

 

Artemio Ríos Rivera

 

Cuando apareció el ejemplar número cero de Madera en los pasillos de la facultad, en los baños y en medio de las bancas fue señal de que algún guerrillero había venido de la sierra a la ciudad.

 

También fue síntoma de que la policía política merodeaba la universidad porque tenían infiltrados a los grupos urbanos de apoyo al movimiento guerrillero.

 

Cuando decidieron hacer una prensa revolucionaria, un periódico del movimiento, tuvieron que ponerle un nombre. Pensaron en que lo que los protegía en las montañas eran los árboles, con su follaje se escondían de los helicópteros del ejercito, en sus ramas hacían guardias para vigilar los accesos a los centros de adiestramiento armado o a las reuniones de formación política. Árbol no era un buen nombre para un periódico, probablemente hojas, pero no ramas, tal vez verde, olivo por supuesto, pero no palos o troncos. Así, Robles propuso el nombre de Madera. Un sustantivo que implicaba a la selva, las montañas y otros parajes de la geografía del país, además el concepto de madera implicaba ya un proceso, no la manifestación bruta de la naturaleza sino la intervención del hombre para domesticar y hacer amables las ramas y troncos de los árboles. Pero no solo eso, la madera era la materia prima que permitió la fundación de las civilizaciones. Casas, muebles, herramientas y otros menesteres estaban hechos de madera, de maderas de diferente consistencia y calidad, apropiadas para diferentes usos. 
 

Si el hombre había sido hecho de arcilla, de maíz o de un pan primigenio, también podía haber sido hecho de madera. La madera seca con una chispa podía iniciar el fuego, incendiarlo todo, llenar de luz la oscuridad. El periódico, Madera, pretendía ser esa chispa que iluminara conciencias, que prendiera la hoguera de la revolución social. Mucha metáfora, mucho romanticismo, pero la célula se limitaba a un puñado de jóvenes focalizados en la lejanía agreste de la montaña. Aislados de todo y de todos. 

 

La primera distribución de Madera había sido un fracaso. Nadie se enteró de la existencia del GAR, Grupo de Acción Revolucionaria y sus objetivos en la lucha por un país mejor.

 

En realidad, la célula que redactaba, imprimía y distribuía Madera, era muy pequeña, ocho militantes a lo sumo. El grupo era rígido y desligado del movimiento social, de sus familias y de todo contacto con la población de ningún lado. Su formación política era realmente magra, sus documentos de formación eran manuales de marxismo de la academia de ciencias de la URSS. 

 

Los militantes estaban hechos de buena madera, pero tenían pocos recursos, pocas armas (en realidad sólo un par de pistolas viejas, sin parque), poca formación política, pero mucho corazón, muchos deseos de hacer justicia y abrir espacios de participación democrática. En el país no había vías de participación social o política. En los procesos electorales sólo el Partido de Estado presentaba candidato a la presidencia de la república y a todos los puestos de elección popular. Los otros partidos, tenían el mismo candidato a presidente y sólo obtenían migajas de las elecciones, claro dinero y prerrogativas. Cualquier movimiento sindical, estudiantil, obrero o popular era inmediatamente reprimido. No había diálogo ni atención a las demandas.

Lo que tenían en común los editores de Madera, era que todos habían participado en algún movimiento popular o sindical independiente y, por eso, quisieron corromperlos o encarcelarlos. Plata o plomo era la consigna de los agentes del gobierno que los invitaban a calmarse, claudicar o venderse. Así se vieron en la necesidad de huir, separarse de sus amigos y familias, pasar a la clandestinidad y organizarse para combatir al Estado.


Se hacían llamar GAR, Grupo de Acción Revolucionaria. Convenientemente la prensa y la inteligencia militar los presentaba ante la población como el grupo armado revolucionario. Así se justificaba su persecución y exterminio. 

 

Robles, el de fuerte madera, insistió en muchas discusiones en la necesidad de hacer un acto propagandístico en la distribución del número uno del periódico. Así serían noticia nacional y la gente sabría de su existencia y de su órgano de difusión: Madera. Había que hacer una expropiación en la casa de moneda de la ciudad y al mismo tiempo distribuir Madera al momento de la acción. Después de mucho tiempo y discusiones se aprobó el punto que llevó un largo proceso de planeación.

El día llegó. Se lanzaron a la ciudad los ocho militantes del GAR, apenas llegaban al lugar fueron baleados por agentes de inteligencia militar y civil, era una emboscada. Unos fueron desaparecidos y otros encarcelados, los más afortunados después fueron mandados al exilio. Robles era un agente de la Dirección Federal de Seguridad infiltrado en la célula de Madera.



Fotos tomadas de: 


1 y 2 https://adondevanlosdesaparecidos.org/2019/10/15/el-tiempo-suspendido-una-historia-de-la-desaparicion-forzada-en-mexico-1940-1980/

 

3 https://www.contralinea.com.mx/archivo-revista/2019/09/10/madera-la-madre-de-todas-las-batallas/

viernes, 1 de enero de 2021

El vendedor de letras

 El vendedor de letras
Para Eligio y los vendedores de libros

Artemio Ríos Rivera

 

El Vendedor de Alas tuvo que caminar más de un kilómetro para llegar al salón de fiestas, pagar un taxi no lo contemplaba en su presupuesto. Al campestre lugar se llegaba por un camino de terracería desde la última terminal de transporte urbano de la ciudad capital.

 

En realidad, nadie sabía a ciencia cierta el número de cumpleaños que celebraba el Mosta; se había pasado más de tres décadas en la unidad de humanidades como parte del inventario universitario. Nunca terminó el primer semestre de sociología. La necesidad lo había llevado a hurtar y vender libros en los pasillos de las facultades. Su activismo en los movimientos sociales y la venta de libros lo hicieron conocido y aceptado por la fluctuante comunidad estudiantil.

 

El Vendedor de Alas, como buen colega del Mosta, le llevaba, envuelto en papel periódico, un libro de regalo; un libro raro, una primera edición de un novelista desconocido del siglo XIX. Seguramente varios vendedores de libros nuevos y usados se darían cita en la fiesta.

 

El Mosta era irónico, un cínico, durante más de un lustro festejó su aniversario tres veces o más al año. Era todo un lumpen: sucio, despeinado, con un mostacho ralo, irregular y largo, creativo y desinhibido. Cuando sus amigos o camaradas pensaban en fiesta, lo comentaban con él. El Mosta sacaba lápiz y papel y barría a los catedráticos de varias escuelas: el domingo es mi cumpleaños, decía, con que vas a cooperar. Los docentes, solidarios, bromistas o amedrentados siempre terminaban cooperando. Así se armaban las fiestas en cuartuchos de estudiantes que vivían en pensiones cerca a la universidad.

 

Esta vez es especial, pensó el Vendedor de Alas. Aunque El Mosta acababa de salir del hospital, habiendo remontado al pandémico virus, una vez más organizó su aniversario. Durante su convalecencia, en las redes sociales se había hablado de su enfermedad, más de un periódico local hizo reportajes sobre el vendedor de libros usados en la universidad. Las publicaciones electrónicas habían corrido el mundo en tiempo real. Se abrió una cuenta bancaria para las aportaciones solidarias. Desde Europa, varios profesionistas que habían sido estudiantes de intercambio o becarios en esta universidad, mandaron su aportación (¡en euros!) para apoyar al folclórico personaje que habían conocido en México y que varios le decían “la axila ilustrada”. La acción humanitaria rindió frutos, como el hospital donde se había atendido al enfermo era gratuito, de salud pública, todo era ganancia.

 

Aunque no se sabía la edad del fósil universitario, era claro que ya pertenecía a la población en riesgo. Y, sí, a pesar de las recomendaciones sanitarias se abarrotó la fiesta. Al inicio había un dejo de nostalgia, de sutil tristeza, de sana distancia, más que cumpleaños parecía velorio. En efecto, la fiesta parecía otra de las bromas épicas del Mosta: salón de fiestas, mesas numeradas, rigurosa etiqueta, mesa de regalos y muchas flores. En parte parecía una gran fiesta de despedida: una moderna ofrenda de día de muertos a un personaje que se pasaba de vivo. Pero no dejaba de ser una bacanal, los recursos solidarios alcanzaban para eso y más.

 

Ya instalado en la fiesta y después de generosos vasos llenos de torito de cacahuate con doble caña, al Vendedor de Alas no le importaba estar en la peor mesa, pagada a la puerta del mingitorio. En su mesa compartían los más asiduos vendedores de las ferias de libros, entre los doce comerciantes figuraban cuatro mujeres. Algunos hasta representaban algún sello editorial con matriz en Barcelona, Edimburgo o Buenos aires. Todos muy propios, pero relajados, con esa seguridad que da la madurez y trayectoria permanente en una profesión, sabían que su denominador común eran los libros. Pero el Mosta, a quien también apodaban el Matacursis, había dejado un sobre cerrado sobre la mesa que sólo debía ser abierto por el último comensal que quedara en esa parte de la fiesta.

 

La mazorca se fue desgranando poco a poco. A algunos les importaba un pepino el sobre, otros sabedores de lo que el Mesta sabía de toda la ciudad o inventaba de sus habitantes, se despedían un poco nerviosos por lo que pudiera contener el sobre. Otros, relajados y divertidos, se retiraban diciendo que dejaban su honra en manos de quien se quedara hasta el final. 

 

Adormilado, borracho, casi con los principios de la resaca, el Vendedor de Alas, con la hoja del sobre temblando entre sus dedos, reía a carcajadas. Se enteró que, los comensales de esa mesa, no sólo tenían en común el comercio de libros, además de que todos habían robado alguno en su juventud, todos más de una vez se habían hecho lo que el Matacursis llamó sopa de letras, es decir se habían limpiado el culo con las hojas de los volúmenes que no se vendían ni por kilo. 


De lo que nunca se enteraría el Mosta era que las páginas que le faltaban a su regalo justamente, habían tenido el mismo fin.

viernes, 18 de diciembre de 2020

Cuento o novela


Cuento o novela

Sandra Ortiz Martínez

Artemio Ríos Rivera

                        

 

Se repitió con fastidio que no escribiría un cuento, pensó que quería hacerlo sólo porque en él era un recurso, aparentemente fácil. ¡De todo escribe cuentos!, sobre todo de ellas, de sus historias con ellas, de sus mujeres.

Estaba harta de pensar en él, 

de que su vida tuviera un gran hueco y se llenara de él, de una relación que sólo le dejaba esa extraña sensación de resaca y vacío, de tristeza profunda en el corazón. Como si en el fondo, al pensar en un cuento, presintiera que su historia terminaría pronto, en un abrir y cerrar de ojos, o quizás no tanto, pero que terminaría, eso sí de manera intensa, pero rápida.

 

Daba vueltas, después de leer los cuentos de él, resultaría fácil hasta copiarle el estilo: escrito en primera persona, luego de describirse, de encargarse que se supiera que él y nadie más estaba detrás, armar la trama, contar la historia. Disfrutaba leerlo, le gustaba quién era en sus relatos, ese ser de ficción que se describía en su historia.

 

Pensaba, reflexionaba que, desde aquella primera tarde juntos, muy cerca de San Juan de Ulúa a donde la llevó a conocer y conocerse, a tocarse por primera vez; en donde disfrutó la tibieza de su cuerpo para guarecerse del viento enrachado del norte. Recordaba la discreción con que su boca sabía besar; desde esa tarde, estaba claro que a ella le hubiera gustado vivir su historia, de ella, no la de él. Su trabajo de maestro rural, de activista político, de antropólogo formado en el marxismo, de poeta, de escritor de cuentos, de casanova e inclusive ahora, que en su cumbre profesional era una mezcla extraña de literato, investigador y maestro.

 

Y ahora, después de un par de años intensamente compartidos, se había enamorado del pasado de él, no de él sino de su historia. Se descubría con una necesidad enorme de repetirlo, de seguir sus pasos, por lo menos en eso que, ella leía como: “escribir sus cuentos para curarse el corazón o la desazón”; sí, la frase era divertida. Ella sabía que no podría ser ni socióloga formada en el marxismo; ni maestra rural. Se divertían diciendo que reproducirían las viejas prácticas charriles del sindicato y ella compraría su plaza de “profeta”, como a él le gustaba decir. Ella sabía que su vida necesitaba de una red más amplia, con más gente, no de coyuntura sino de larga duración. 


Necesitaba más cosas que las que ofrece una escuela y una comunidad perdida en una de las sierras de las grandes montañas. Intuía que, si regresaba al activismo político, no sería como el que él había tenido, no lucharía por la dirigencia desde la izquierda de una sección sindical; ni tampoco haría huelgas de hambre en una plaza, ni se desnudaría como parte de una manifestación de protesta. Se desnudaría sí, como le gustaba hacerlo: ofreciendo la humedad de su cuerpo como la sustancia sagrada para realizar el rito excelso del amor y la libertad que ofrece la intimidad de la sexualidad.

 

En el fondo, sabía que tampoco sería poeta; que no tendría hijos, por lo menos biológicos, como sí los tenía él. Y, ¡puta madre, no por piedad! tampoco escribiría cuentos. Quería pero, no podía repetirlo, aunque le fascinaba, ella quería escribir su propia vida, su, también, propia historia.

 

Por eso le encabronaba tanto sentir ese deseo ineludible y claro de escribir un cuento, un cuento que contara su historia con él; como él lo había hecho tantas veces con ellas. Se fumo un cigarro, bebió un poco de café y se fue a la cama, esperando que las hadas de su sueño repitieran la magia nocturna de amarrar, con hilos secretos, orilla con orilla, las breves fisuras que la vida dejaba en su alma.

 

Amaneció con un humor amargo, con ganas de llorar y pensó, “otra vez, pinches hormonas, hacen de mi lo que quieren y lo seguirán haciendo hasta que me muera”. Se levantó, abrazó a su perro juguetón, se acicaló y salió de su casa, para comprar en la primera tienda que encontrara, una barra de chocolate, a ver si aminoraba un poco los estragos del síndrome pre-mestrual y también para tomar fuerzas y visitarlo a él, a primera hora, en su oficina.

 

En el camino, mientras recorría las calles del centro, magníficas y relucientes a esas horas del día, casi madrugada, en que se alumbran con sol nuevo y están huérfanas de marchantes; pensaba que además de dejarle el primer borrador de su tesis, que prometió revisar y leer críticamente, y que serviría para, por fin, acreditar su licenciatura. 

 

El “trabajo recepcional” del que su inepto asesor no había comentado nada el muy imbécil, eso no le servía. Sólo se esmeraba por complacerla y decirle que era un trabajo magnífico, digno de presentarse en el colegio de posgraduados. Recordaba la cantaleta: Las ideas que expones son brillantes, dialogan paritariamente con los mejores planteamientos de la Filosofía Latinoamericana actual… ¡Sí!, decía ella hacía sus adentros, si usted no fuera un honorable cabrón urgido de cama y yo no fuera una fósil de la facultad, como si no supiera que esos son sus argumentos para que las tesistas urgidas aflojen. Si no necesitara su firma aprobatoria, le metería mis brillantes ideas impresas y enrolladas por el culo. 

 

Mientras pensaba en que por fin le entregaría algo que sólo ella había hecho, que la exponía y evidenciaba en los frágiles caminos de su pensamiento frente a él, sobre la vida como una novela. A él a quien tanto respetaba y por eso le interesaba especialmente su opinión del texto y confrontarlo académicamente; pensaba que además buscaría un lugar escondido para darle un beso, sin el temor a las miradas de su equipo que, como un ejercito obrero de hormigas, hurgaban en los archivos de historia para encontrar el material necesario que nutriría la Historia no oficial de los lideres del SNTE de 1950 al 2000, proyecto por el que él realizaba una estancia posdoctoral en el Archivo General de la Nación.

 

Cuando llegó a las instalaciones del mítico Palacio de Lecumberri y mientras se dirigía a su oficina o cubículo, como ella prefería llamarlo, sintió un hueco en el estomago, no sabía si porque pronto él leería y criticaría férreamente su trabajo o porque recordó su pelea interna la noche anterior por escribir un cuento sobre ellos dos. Junto con este recuerdo vino otro, de unas semanas antes, mientras ella lo esperaba terminar su clase y él disertaba para sus alumnos de la Universidad, sobre la diferencia entre el cuento y la novela histórica, a ella le parecía interesante la analogía que hace Cortázar sobre ambos géneros literarios con una fotografía y una película, y que él recuperaba en actitud pedante y magistral diciendo con elocuencia “el cuento narra un hecho, como la fotografía presenta una sola imagen, la novela en cambio, como en una película, cuenta una secuencia de hechos”, con un poco de vértigo siguió caminando rumbo al encuentro. Estaba claro, él prefería el cuento, ella la novela.

 

Llegó a su oficina y tras sonreír amablemente a la secretaria que alegre preparaba café, entró para encontrarlo metido en la pantalla de su computadora, revisando correos y tomando algunas notas. Olvidó aquello del beso a escondidas, le sonrió, lo saludó como debía hacerlo, con un beso en la mejilla y un apretón de mano, le entregó el impreso de su tesis y se dispuso a salir. Él parecía indiferente, ensimismado, no notó el nerviosismo con que ella se detuvo antes de cerrar la puerta, para regresar, abrazarlo fuerte y decirle: por favor, si un día escribes algo sobre mí, algo sobre nuestra historia, no escribas un cuento, que sea una novela, necesito saber que hay muchos episodios más después de San Juan de Ulúa.

 



FOTOS:


San Juan de Ulúa https://www.inah.gob.mx/red-de-museos/8909-museo-local-fuerte-de-san-juan-de-ulua


 San Juan de Ulúa 2 https://www.turimexico.com/estados-de-la-republica-mexicana/veracruz-mexico/monumentos-historicos-en-veracruz/san-juan-de-ulua-veracruz/


AGN http://glosarioarchivoagn.blogspot.com/p/glosario-archivo-agn.html

 




Video del Ejido San José

Evidencia a mitad del proceso...